viernes, 30 de agosto de 2013

«Los Héroes», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆½

«Los Héroes» es la quinta novela del escritor británico Joe Abercrombie, del que ya hablé aquí para comentar su novela anterior, «La mejor venganza». Ambas están ambientadas en el mismo universo fantástico que las tres precedentes, que conforman la trilogía de la Primera Ley: «La voz de las espadas», «Antes de que los cuelguen» y «El último argumento de los reyes». Como «La mejor venganza», «Los Héroes» es de lectura independiente, aunque comparte muchos detalles con las anteriores. Además, se ha confirmado la próxima publicación en España de su sexta novela, «Red Country», cuya acción transcurre también en el mismo mundo de ficción. Todas (excepto la última, claro) están editadas por Alianza. ¹

Si la trilogía de la Primera Ley era una fantasía épica pura y dura en clave de low fantasy (en el sentido rolero) con su bárbaro, su mago, su príncipe, su chica guerrera, sus intrigas palaciegas, su espada mágica y su señor oscuro, sus torres, asedios, batallas y demás parafernalia, pero pasada por el filtro realista de Abercrombie, en sus otras novelas el autor británico ha practicado con alegría la mezcla de géneros encontrando su inspiración, principalmente, en las películas de acción de los años 60 y 70.

Así, «La mejor venganza» es, como indica su título español, una clásica historia de venganza inspirada en el hard boiled criminal y el spaguetti western, heredera de “vendettas” cinematográficas como «A quemarropa» (una referencia a la que hizo alusión el propio Abercrombie, en el Festival Celsius 232 celebrado este verano en Avilés), «Coffy», «Lady Snowblood», «De hombre a hombre» o «El gran Silencio». Por su parte, «Red Country» es una especie de western crepuscular que recuerda un poco a «Centauros del desierto», con elementos de las películas de spaguetti western y de exploitation antes mencionadas. Todo ello, naturalmente, en clave de Espada y Brujería; más espada que brujería, eso sí, algo típico de las novelas de Abercrombie. Una mezcla de lo más espectacular.

En «Los Héroes», Abercrombie nos ofrece una novela de guerra inspirada en el cine bélico de los 60 y 70. En todas sus novelas hay ecos del trabajo de directores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah pero parece que, en este caso, la inspiración le vino directamente de dos películas basadas en novelas de Cornelius Ryan: «Un puente lejano» (de nuevo mencionada por Abercrombie en su encuentro con los lectores en Avilés) y «El día más largo».

Si habéis leído alguna novela de Cornelius Ryan o James Jones (mi favorito de este género, con obras maestras como «La delgada línea roja» (t.c.c. «Morir o reventar»), «De aquí a la eternidad» o «Silbido», ambientadas en la II Guerra Mundial), podéis haceros alguna idea de lo que os espera en este libro.

«Los Héroes» narra las vicisitudes de un conflicto de tres días entre tropas de la Unión, una civilización de nivel renacentista, y una coalición de hombres del Norte, semibárbaros, liderados por el temible Dow el Negro, un personaje al que conocimos en la trilogía de la Primera Ley. Un punto que tiene en común esta novela con otras de Abercrombie es que suelen compartir personajes, aunque su protagonismo varía mucho de novela en novela. Sin embargo, como en el caso de «La mejor venganza», no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de ella.

En «Los Héroes», la intención del autor era dar un tratamiento más realista a las típicas batallas de fantasía, que generalmente son narradas de manera muy superficial. Desde luego, ha logrado totalmente su objetivo. Aplicar las técnicas narrativas del género bélico al género de la fantasía épica ha sido un gran acierto; creo que nunca se había hecho antes con tanto empeño, y el resultado merece la pena. Personalmente, nunca había visto una batalla tan bien contada en una novela de fantasía.

Otro objetivo de Abercrombie era examinar con atención y detalle el concepto de héroe, un tipo de personaje tradicional en el género de fantasía (de hecho existe todo un subgénero, hermano de la fantasía épica, conocido como fantasía heroica). ²

Una pista del enfoque elegido por Abercrombie nos la da el propio título de la novela. No se refiere a nadie; Los Héroes es el nombre de un monumento lítico que domina una pequeña colina; es un topónimo, como El Álamo (lugar de una importante batalla, crucial en la guerra de independencia de Texas, que tuvo lugar en 1836). En «Los Héroes» no hay héroes de una pieza, a excepción de esos grandes trozos de piedra. El modelo de héroe tradicional de la fantasía épica es diseccionado y analizado en todas sus partes hasta las últimas consecuencias. Abercrombie hace en esta novela un verdadero estudio sobre el heroísmo, explorando y explotando todas sus posibilidades a través de los personajes, con su afán iconoclasta de siempre.

A Joe Abercrombie lo mueve, en buena medida, un impulso de innovación; siempre intenta aportar algo nuevo al género de la fantasía épica. En la trilogía de la Primera Ley quiso aportar un “plus” de verosimilitud en los personajes, los diálogos, los combates, incluso la magia. El resultado es que el esfuerzo que el lector debe hacer para suspender su incredulidad es menor, así que se engancha mucho más a la narración y, cuando lo maravilloso surge, el efecto es mucho más potente.

Joe Abercrombie puebla sus novelas con personajes llenos de vida, con sus complejidades psicológicas y emocionales; la acción, salvaje, soberbiamente narrada, está salpicada de momentos de calma donde brilla el humor negro de los diálogos, frescos y naturales, y todo ello está aliñado con una interesante falta de escrúpulos morales (como la vida misma), algo que para mí siempre es de agradecer. Son novelas corales, en las que el protagonismo se reparte a lo largo de un buen número de páginas (nunca bajan de 700). «Los Héroes» no es una excepción; cumple con todo lo que acabo de referir. Pero, además, el estilo de Abercrombie está más depurado, se nota un progreso en su manera de narrar. Es, creo, su obra más redonda.

¡La recomiendo!



¹ La publicación de «Tierras rojas» (Red Country) está prevista para octubre de este año.

² Aprovecho para insistir en que no se deben confundir ambos términos. En la fantasía heroica (término acuñado por L. Sprague de Camp para designar cierto tipo de historias de espada y brujería, un término acuñado a su vez por Fritz Leiber) siempre hay un héroe principal, protagonista absoluto de la historia (bueno, en las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Leiber, son dos; vale, ya me entendéis); en cambio, en la fantasía épica, el protagonismo se reparte y la escala del conflicto entre el “bien” y el “mal” es mucho mayor. Ambos subgéneros tienen otras características peculiares de cada cual que no voy a referir ahora porque no es el momento. Quizá lo deje para otra entrada.

Digo esto porque hasta en Wikipedia mezclan los dos subgéneros (tienen montado un cacao impresionante, dicho sea de paso), y no. Esta confusión data de hace más de 50 años, cuando Michael Moorcock propuso el término “fantasía épica” para el tipo de narraciones de fantasía heroica que escribía Robert E. Howard. Fue entonces cuando Leiber se sacó “espada y brujería” de la chistera. Luego se aprovechó el término propuesto por Moorcock para describir epopeyas fantásticas como «El Señor de los Anillos», enmarcadas en el subgénero High Fantasy. Cuando digo que la trilogía de la Primera Ley es una fantasía épica en clave de low fantasy «en el sentido rolero» es porque los jugadores de rol dan un sentido diferente a estos términos; en realidad, si nos guiamos por criterios estrictamente literarios, la trilogía de la Primera Ley es High Fantasy. También se confunde fantasía épica con High Fantasy, cuando no es más que un subgénero de ésta. En fin, ya digo que no es momento para profundizar en estos asuntos, digamos, “taxonómicos”. Quizá más adelante.

jueves, 15 de agosto de 2013

Origen del fantástico (y V): Primeros ejemplos de literatura fantástica

A lo largo de los siglos II y I a.C. comienzan a aparecer en Occidente, además de versiones e imitaciones de los cuentos milesios, tanto en griego como en latín (pero sobre todo en griego, lengua culta por excelencia durante aquel periodo), crónicas de sucesos, viajes, campañas militares y autobiografías de corte realista, de influencia egipcia, que también contribuirán al desarrollo de la nueva narrativa en ciernes. Recordemos que durante el periodo helenístico, desde Ptolomeo I Sóter, la cultura griega se ha ido mezclando con la egipcia, y en el siglo I. a.C. la última reina de su dinastía, Cleopatra VII Filopátor, se relacionó con los dirigentes romanos Cayo Julio César y Marco Antonio. Así que en Alejandría había una mezcla de lo más interesante.

Causa maravilla pensar en lo que pudo guardar en aquella época, y en las décadas posteriores, la gran biblioteca de Alejandría. Como es sabido, la famosa biblioteca fue expoliada y convertida en cenizas en diferentes asaltos, a lo largo de varios siglos, por diferentes invasores fanáticos, tanto romanos cristianos como árabes musulmanes, hasta hacerla desaparecer completamente. Una pérdida absolutamente lamentable.

De todo ese caldo de cultivo salen los primeros novelistas grecorromanos. El más antiguo del que tenemos constancia fue el griego Caritón de Afrodisias (Caria), nacido a finales del siglo I o comienzos del s. II d.C. Caritón era el secretario del ῥήτωρ Atenágoras, un experto en retórica que trabajaba principalmente como abogado. Su novela «Aventuras de Quéreas y Calírroe» narra las peripecias de dos amantes de Siracusa que sirvieron de inspiración para la tragedia de Shakespeare «Romeo y Julieta», aunque la novela de Caritón tiene un final feliz.

Luego vendría, entre otros, el famosísimo Luciano de Samosata (nacido en 125 y fallecido hacia 181), muy conocido por sus novelas fantásticas y de quien, por fortuna, se conserva casi toda su obra en prosa. La lengua materna de Luciano, romano de origen sirio, era el arameo, pero prefería escribir en griego ático, lengua que dominaba con verdadera maestría. Era un tipo absolutamente genial, de una cultura extraordinaria, y tuvo una enorme influencia en la literatura posterior. Se le considera el gran maestro de la sátira romana.

Para colmo, su «Historia Verdadera» es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción. En ella describe un viaje a la Luna, donde el protagonista encuentra a una raza de alienígenas selenitas. De tema similar es «Icaromenipo», donde quien viaja a la Luna no es otro que Menipo de Gádara, el cínico inventor de la sátira menipea cuya obra comenté en la entrada anterior.

En «Historia Verdadera», Luciano deja clara cuál es su posición como creador: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir».

Parece que ya lo tenemos resuelto. Naturalmente, nos faltan muchos datos; de la Antigüedad nos han llegado sólo algunos relatos, a menudo incompletos, y muy pocos nombres. Pero parece que podemos datar el nacimiento de la ficción (y, por ende, de la fantasía como género y, por extensión, del género fantástico) en algún momento de las últimas décadas de la República Romana, en la recién conquistada provincia de Asia Menor, desarrollándose en los inicios del Imperio Romano, en el siglo I, y estallando por fin en el siglo II con el gran Luciano de Samosata.

Sin embargo, nos equivocaríamos.

☼ ☼ ☼

Me temo que he estado mareando un poco la perdiz y jugando al despiste con vosotros, queridos lectores. Porque todo el tiempo he estado hablando del surgimiento de la literatura de ficción en Grecia, lo que me venía de perlas para fundamentar mis argumentos y exponer ejemplos… La Grecia antigua era mi especialidad cuando estudiaba la carrera y, claro, me apetecía lucirme. Pero resulta que, desde el principio, la respuesta estaba en otra parte.

En el primer párrafo os he dado una buena pista.

La respuesta anterior (la Grecia romana del siglo I a.C.) podría valer si la civilización occidental fuera la única existente o, al menos, la primera en alcanzar el nivel de desarrollo necesario para el surgimiento de la literatura de ficción como «producción autoconsciente». Pero resulta que no fue así.

En Egipto ya habían pasado por eso 2000 años antes.

Sí, siendo occidental y europeo cuesta un poco admitirlo, pero Egipto es la verdadera cuna de la narrativa de ficción (como de tantas cosas) y, por extensión, de la literatura fantástica. De hecho, su literatura de ficción es anterior a los mitos helénicos propiamente dichos y a la mismísima formación de la Hélade, que acababa de comenzar. Lo siento por los griegos, que me son mucho más simpáticos, pero así son las cosas.


El cuento egipcio

Dieciocho siglos antes de la aparición de los primeros cuentos milesios, en Egipto, durante la XII dinastía del Imperio Medio, había ya una literatura de ficción bastante desarrollada, con autores reconocidos (escribas de la corte faraónica, generalmente) y temas de corte tanto realista como fantástico, además de crónicas de viajes, sucesos y anécdotas de toda índole, más o menos ficcionalizadas.

Un ejemplo primordial, de obligatoria mención, es la antología de relatos recogida en el llamado papiro de Westcar (por el aventurero británico que lo adquirió hacia 1825). En este libro, cinco hijos del faraón Khufu (más conocido como Keops) son los narradores de sendas historias de magia a cual más maravillosa. Aunque el papiro data aproximadamente del siglo XVI a.C., la composición de los textos indica que se trata de una copia de un libro anterior, seguramente de la XII dinastía.

Otro ejemplo relevante de narrativa egipcia de este periodo es la historia de Sinuhé. Este relato en verso narra en primera persona las peripecias de un alto funcionario del faraón Senusert I (segundo faraón de la XII dinastía del Imperio Medio), caído inesperadamente en desgracia como consecuencia de un complot contra la familia imperial. En general se la considera como la primera novela, pero al ser un relato autobiográfico no tiene demasiada relevancia para el tema que nos ocupa, aparte de dejar constancia de su influencia temática y estilística. Lo mismo se puede decir de relatos de la misma época como la historia de In-pu, el campesino elocuente, crónica del caso de un mercader que sufrió el robo de su caravana y fue asistido por la justicia del faraón, que acogió al mercader, capturó y castigó al ladrón, esclavizándolo y poniéndolo al servicio de su víctima, y le restituyó todos sus bienes.

Hay, sin embargo, excepciones como la historia del pastor de ganado que se encontró con una diosa o la historia del marinero náufrago salvado por una fabulosa serpiente gigante, escrita por el escriba Ameni de Amenaa, que se pueden considerar fantásticas. Aunque intervienen divinidades y criaturas míticas, parece seguro que fueron concebidos como obras de ficción para deleite de los reyes y sus familiares más cercanos.

Otros ejemplos más recientes, del Imperio Nuevo (pero antiquísimos también, comparados con los griegos; hacia el siglo XIII a.C.), ofrecen la misma mezcla de narraciones realistas, como la historia de la toma de Yapu (la actual Jaffa, en la zona sur de Tel-Aviv, Israel) por el general Yehuti, o el poema de Pentaur sobre la batalla de Qadesh (donde Ramsés II venció a Muwatallis II, rey de los hititas), con otras de corte fantástico como la fabulosa (y, por desgracia, incompleta) historia del príncipe predestinado o la historia de los hermanos An-pu y Bata, escrita por el escriba Ennana hacia el año 1198 antes de Cristo.

Nótese que estamos hablando de obras del Imperio Medio (comienzos del Minoico Medio en Creta, cuando en la isla apenas se había inventado la escritura) y del Imperio Nuevo (contemporáneas del colapso de la civilización micénica), escritas unos cuantos siglos antes de que a Homero le salieran los primeros pelos de la barba.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Origen del fantástico (IV): La literatura en la Grecia antigua y romana

En capítulos anteriores de «Origen del fantástico»...

¿Cuándo nace lo fantástico? Antes de contestar esta pregunta me apetece aclarar otra cuestión: ¿En qué momento surge la narrativa de ficción? Porque al principio fue el mito, y el mito (como todos los mitos, al principio) era creído por todos a pies juntillas. Bueno, por casi todos. Ante las críticas de los primeros filósofos, la interpretación alegórica de los mitos logró prolongar su influencia intelectual y su valor de verdad, apuntalando su función original como explicación de lo real.

Para mí, la ficción surge en el momento en que el autor es consciente de ser el creador de la misma, no un mero vehículo de la expresión divina. Esto requiere del autor la capacidad de reconocer la fantasía como tal y de separarla, en algún grado, de la realidad. Lo fantástico comienza, por tanto, cuando el mito pierde su prestigio y se reconoce su carencia de valor de verdad pero, sin embargo, el narrador decide imitarlo y emplear sus recursos para crear algo diferente que deleite, sorprenda y maraville al receptor de su mensaje: el público, cuyas estructuras mentales, moldeadas en buena parte por el mito, soportan por un tiempo la ficción, por inverosímil que sea, en un fenómeno que hoy en día conocemos, gracias a Coleridge, como “fe poética” o “suspensión de la incredulidad”.

¿Pero cuándo se produce este paso?

En Grecia, el filósofo Demócrito de Abdera había demostrado tener a su alcance las herramientas intelectuales para escribir ficción, pero carecía de la disposición necesaria. Su interés estaba centrado en descubrir las verdades del cosmos, no en inventar nuevas falsedades para disfrute del público. Demócrito era un filósofo, no un cuentacuentos (al menos, que nosotros sepamos; resulta que los seguidores de Platón, un cabronazo que odiaba a Demócrito con toda su ψυχή, se encargaron de hacer desaparecer casi todas sus obras).

La pugna entre los intérpretes alegoristas del mito y los filósofos de la naturaleza se prolongó durante siglos, contribuyendo a retrasar el momento, hasta que los propios defensores de la verdad mítica, en una escalada suicida, se encargaron de echar por tierra sus teorías, vencidas por el peso del ridículo. En un esfuerzo por querer interpretar cada detalle de los mitos como una revelación cósmica, muchos llegaron a extremos cada vez más inverosímiles, provocando su propio desprestigio. Otros, como Paléfato, se dedicaron a trivializar los mitos eliminando en su interpretación todo misterio, sin dejar resquicio alguno que permitiera el menor atisbo de lo sobrenatural.

Además de las teorías alegóricas, al mismo tiempo, existió otro factor importante en el retraso de la aparición de la narrativa de ficción: la obsesión por la verdad en el bando de los filósofos. El desprestigio de la poesía (por carecer de valor de verdad) dificultó que surgieran entre sus filas los nuevos narradores. Para los políticos como Pericles, que se apoyaban en los filósofos para auparse al poder, la poesía carecía de sentido práctico y, a causa de ello, fue prácticamente condenada. No estaba el horno para bollos.

Tuvieron que pasar siglos, hasta que la polémica se enfrió (sólo temporalmente, por desgracia), para que aparecieran por fin los primeros ejemplos de narrativa de ficción propiamente dicha (según mi punto de vista, claro) en Occidente.


La narrativa arcaica y clásica

Antes de continuar, demos un somero repaso a los modelos narrativos de la Grecia antigua. Los propios del periodo arcaico son:

  • MITOS: Surgen como explicación del origen y la naturaleza del cosmos.
  • LEYENDAS (epopeyas): Dan cuenta de hechos supuestamente ocurridos en un remoto pasado, a los que la imaginación popular adorna con elementos extraídos de los mitos.
  • FÁBULAS: Historias protagonizadas por animales, a los que muchas veces se da la palabra; tienen una función didáctica, especialmente en materia de ética y moral.
  • CUENTOS TRADICIONALES: Ayudan a retener en la memoria colectiva diversos aspectos de la experiencia humana común y cumplen también una función didáctica. Suelen incluir elementos sobrenaturales, como duendes o demonios, que forman parte de la visión del mundo de la comunidad en la que se originan.

Todos tienen en común su carácter tradicional y sobrenatural. Carecen de autor (al menos, de uno que no tenga asimismo un carácter legendario, como Homero o Esopo) y casi siempre hay en ellos algún elemento maravilloso, portentoso o prodigioso. Además, instruyen deleitando (la mejor manera de educar, en mi opinión).

Más tarde, en la época clásica, surgieron formas literarias como el drama (tragedia y comedia), la poesía lírica y la historiografía, que tuvieron una gran influencia en la literatura posterior. Se reconoce ya a los autores, pero estos no se atreven aún a atribuirse el mérito de la creación de sus obras; dramaturgos y poetas declinan su responsabilidad en supuestas deidades que, según alegan ellos, los inspiran. Los historiógrafos no tienen ese problema; se limitan, según ellos, a registrar los hechos (cosa que en muchos casos es más que discutible) y a mencionar fuentes de variado pelaje (formas ambas de evadir también, en el fondo, su responsabilidad).


Y hasta aquí el resumen de lo expuesto, más o menos. ¡Continuemos!


Las sátiras menipeas

El cínico Menipeo de Gádara, que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo, creó una nueva forma literaria de sátira social y moral, en la que mezclaba verso y prosa (prosimetrum), denominada “sátira menipea” en su honor. En sus obras, Menipo atacaba con afilado verbo, típicamente cínico, las actitudes y costumbres de su época. Se diferenciaba así de escritores satíricos anteriores, como Jenófanes, que en sus obras dirigían sus ataques hacia personas concretas.

Seguido en el siglo I antes de Cristo por admiradores como su paisano Meleagro o el romano Marco Terencio Varrón, que imitó su estilo de sátira con bastante éxito (titulando las suyas, por si había alguna duda, «Sátiras menipeas»), tuvo finalmente una influencia notable en el nacimiento de la novela grecorromana. El estilo provocador de Menipo, su mezcla de cinismo y hedonismo, su uso de la prosa y su descreimiento prefiguran con un par de siglos de antelación el cambio que se avecinaba.

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de comentar la influencia de las sátiras menipeas en el nacimiento de la novela griega y romana, hemos de prestar atención a una verdadera revolución literaria, de base oral y popular, que tuvo lugar dos siglos antes en Asia Menor y que jugó también un papel fundamental.


Los cuentos milesios

Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente.

Miguel de Cervantes, «El Quijote» (primera parte), capítulo XLVII.

A comienzos del siglo II antes de Cristo, en plena época helenística, surge en la costa occidental de la península anatolia una nueva narrativa que difiere en aspectos importantes de casi toda la literatura griega anterior, especialmente de la época arcaica, pero también de la clásica (con la excepción, por supuesto, de Menipo, con quien comparte varios rasgos que se pueden atribuir a su influencia).

El nuevo género, que para mí supone el origen de la ficción propiamente dicha en Occidente —y, de paso, de lo fantástico tal como yo lo entiendo— es el cuento milesio, llamado así por Arístides de Mileto, su principal recopilador y máximo exponente, que vivió hacia el año 100 antes de Cristo.

El cuento milesio nació como un género de literatura oral, popular y anónima de naturaleza satírica, divertida y procaz, a menudo con elementos fantásticos o maravillosos. Pronto su éxito llamó la atención de escritores de la zona que se lanzaron a cultivarlo y difundirlo, alcanzando gran fama. Tal fue el caso de Arístides (antecedente, por dos milenios, de recopiladores como los hermanos Grimm o Aleksandr Afanásiev), que recogió estas expresiones del folklore jonio y milesio en sus «Milesíacas» (Μιλησιακά).

Como bien explicaba aquel buen canónigo de Toledo en «El Quijote», en los cuentos milesios la faceta didáctica queda relegada por la lúdica. Priman los aspectos poéticos y emocionales de la narración; se busca divertir, excitar y entretener más que educar. La prosa crece en importancia frente al verso. Los autores pueden ahora prescindir de lo sobrenatural o recrearse en ello, con total libertad. Pueden desmarcarse de la tradición o servirse de ella en la medida que deseen (o les permitan). Se pretende la originalidad y se pierde por fin el respeto a la verdad.

Pronto aparecen los primeros autores al estilo moderno, creadores que reivindican sus obras, en pos del reconocimiento, se atribuyen todo el mérito y asumen la responsabilidad sobre lo inventado (en grados diversos; ya veremos los distintos métodos que utilizaban para escaquearse, según su conveniencia, dependiendo de lo propicio o adverso del ambiente).

Al fin el autor es consciente de su propia capacidad creativa, del fenómeno mental que es la imaginación, como la concibió Demócrito. Sí, puede que hable todavía de las musas y de la inspiración, como harán aún los creadores durante siglos, pero ya no cree de veras en esas cosas; son simples metáforas. Sencillamente forman parte de su acervo de referencias culturales, son herramientas que los autores utilizan a su conveniencia, un elemento más de su universo expresivo.

Ha nacido la ficción moderna… ¿O no?

Pues no exactamente.


(Continuará).

miércoles, 7 de agosto de 2013

La prensa está que echa humo...

La fotografía del escritor Emilio Bueso es cortesía de Alexander P. García, del blog «Donde acaba el infinito». Aprovecho estas líneas para dar las gracias a Emilio por su buen talante y sentido del humor durante nuestro breve encuentro; fue un placer conocerlo. :-)