jueves, 15 de agosto de 2013

Origen del fantástico (y V): Primeros ejemplos de literatura fantástica

A lo largo de los siglos II y I a.C. comienzan a aparecer en Occidente, además de versiones e imitaciones de los cuentos milesios, tanto en griego como en latín (pero sobre todo en griego, lengua culta por excelencia durante aquel periodo), crónicas de sucesos, viajes, campañas militares y autobiografías de corte realista, de influencia egipcia, que también contribuirán al desarrollo de la nueva narrativa en ciernes. Recordemos que durante el periodo helenístico, desde Ptolomeo I Sóter, la cultura griega se ha ido mezclando con la egipcia, y en el siglo I. a.C. la última reina de su dinastía, Cleopatra VII Filopátor, se relacionó con los dirigentes romanos Cayo Julio César y Marco Antonio. Así que en Alejandría había una mezcla de lo más interesante.

Causa maravilla pensar en lo que pudo guardar en aquella época, y en las décadas posteriores, la gran biblioteca de Alejandría. Como es sabido, la famosa biblioteca fue expoliada y convertida en cenizas en diferentes asaltos, a lo largo de varios siglos, por diferentes invasores fanáticos, tanto romanos cristianos como árabes musulmanes, hasta hacerla desaparecer completamente. Una pérdida absolutamente lamentable.

De todo ese caldo de cultivo salen los primeros novelistas grecorromanos. El más antiguo del que tenemos constancia fue el griego Caritón de Afrodisias (Caria), nacido a finales del siglo I o comienzos del s. II d.C. Caritón era el secretario del ῥήτωρ Atenágoras, un experto en retórica que trabajaba principalmente como abogado. Su novela «Aventuras de Quéreas y Calírroe» narra las peripecias de dos amantes de Siracusa que sirvieron de inspiración para la tragedia de Shakespeare «Romeo y Julieta», aunque la novela de Caritón tiene un final feliz.

Luego vendría, entre otros, el famosísimo Luciano de Samosata (nacido en 125 y fallecido hacia 181), muy conocido por sus novelas fantásticas y de quien, por fortuna, se conserva casi toda su obra en prosa. La lengua materna de Luciano, romano de origen sirio, era el arameo, pero prefería escribir en griego ático, lengua que dominaba con verdadera maestría. Era un tipo absolutamente genial, de una cultura extraordinaria, y tuvo una enorme influencia en la literatura posterior. Se le considera el gran maestro de la sátira romana.

Para colmo, su «Historia Verdadera» es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción. En ella describe un viaje a la Luna, donde el protagonista encuentra a una raza de alienígenas selenitas. De tema similar es «Icaromenipo», donde quien viaja a la Luna no es otro que Menipo de Gádara, el cínico inventor de la sátira menipea cuya obra comenté en la entrada anterior.

En «Historia Verdadera», Luciano deja clara cuál es su posición como creador: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir».

Parece que ya lo tenemos resuelto. Naturalmente, nos faltan muchos datos; de la Antigüedad nos han llegado sólo algunos relatos, a menudo incompletos, y muy pocos nombres. Pero parece que podemos datar el nacimiento de la ficción (y, por ende, de la fantasía como género y, por extensión, del género fantástico) en algún momento de las últimas décadas de la República Romana, en la recién conquistada provincia de Asia Menor, desarrollándose en los inicios del Imperio Romano, en el siglo I, y estallando por fin en el siglo II con el gran Luciano de Samosata.

Sin embargo, nos equivocaríamos.

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Me temo que he estado mareando un poco la perdiz y jugando al despiste con vosotros, queridos lectores. Porque todo el tiempo he estado hablando del surgimiento de la literatura de ficción en Grecia, lo que me venía de perlas para fundamentar mis argumentos y exponer ejemplos… La Grecia antigua era mi especialidad cuando estudiaba la carrera y, claro, me apetecía lucirme. Pero resulta que, desde el principio, la respuesta estaba en otra parte.

En el primer párrafo os he dado una buena pista.

La respuesta anterior (la Grecia romana del siglo I a.C.) podría valer si la civilización occidental fuera la única existente o, al menos, la primera en alcanzar el nivel de desarrollo necesario para el surgimiento de la literatura de ficción como «producción autoconsciente». Pero resulta que no fue así.

En Egipto ya habían pasado por eso 2000 años antes.

Sí, siendo occidental y europeo cuesta un poco admitirlo, pero Egipto es la verdadera cuna de la narrativa de ficción (como de tantas cosas) y, por extensión, de la literatura fantástica. De hecho, su literatura de ficción es anterior a los mitos helénicos propiamente dichos y a la mismísima formación de la Hélade, que acababa de comenzar. Lo siento por los griegos, que me son mucho más simpáticos, pero así son las cosas.


El cuento egipcio

Dieciocho siglos antes de la aparición de los primeros cuentos milesios, en Egipto, durante la XII dinastía del Imperio Medio, había ya una literatura de ficción bastante desarrollada, con autores reconocidos (escribas de la corte faraónica, generalmente) y temas de corte tanto realista como fantástico, además de crónicas de viajes, sucesos y anécdotas de toda índole, más o menos ficcionalizadas.

Un ejemplo primordial, de obligatoria mención, es la antología de relatos recogida en el llamado papiro de Westcar (por el aventurero británico que lo adquirió hacia 1825). En este libro, cinco hijos del faraón Khufu (más conocido como Keops) son los narradores de sendas historias de magia a cual más maravillosa. Aunque el papiro data aproximadamente del siglo XVI a.C., la composición de los textos indica que se trata de una copia de un libro anterior, seguramente de la XII dinastía.

Otro ejemplo relevante de narrativa egipcia de este periodo es la historia de Sinuhé. Este relato en verso narra en primera persona las peripecias de un alto funcionario del faraón Senusert I (segundo faraón de la XII dinastía del Imperio Medio), caído inesperadamente en desgracia como consecuencia de un complot contra la familia imperial. En general se la considera como la primera novela, pero al ser un relato autobiográfico no tiene demasiada relevancia para el tema que nos ocupa, aparte de dejar constancia de su influencia temática y estilística. Lo mismo se puede decir de relatos de la misma época como la historia de In-pu, el campesino elocuente, crónica del caso de un mercader que sufrió el robo de su caravana y fue asistido por la justicia del faraón, que acogió al mercader, capturó y castigó al ladrón, esclavizándolo y poniéndolo al servicio de su víctima, y le restituyó todos sus bienes.

Hay, sin embargo, excepciones como la historia del pastor de ganado que se encontró con una diosa o la historia del marinero náufrago salvado por una fabulosa serpiente gigante, escrita por el escriba Ameni de Amenaa, que se pueden considerar fantásticas. Aunque intervienen divinidades y criaturas míticas, parece seguro que fueron concebidos como obras de ficción para deleite de los reyes y sus familiares más cercanos.

Otros ejemplos más recientes, del Imperio Nuevo (pero antiquísimos también, comparados con los griegos; hacia el siglo XIII a.C.), ofrecen la misma mezcla de narraciones realistas, como la historia de la toma de Yapu (la actual Jaffa, en la zona sur de Tel-Aviv, Israel) por el general Yehuti, o el poema de Pentaur sobre la batalla de Qadesh (donde Ramsés II venció a Muwatallis II, rey de los hititas), con otras de corte fantástico como la fabulosa (y, por desgracia, incompleta) historia del príncipe predestinado o la historia de los hermanos An-pu y Bata, escrita por el escriba Ennana hacia el año 1198 antes de Cristo.

Nótese que estamos hablando de obras del Imperio Medio (comienzos del Minoico Medio en Creta, cuando en la isla apenas se había inventado la escritura) y del Imperio Nuevo (contemporáneas del colapso de la civilización micénica), escritas unos cuantos siglos antes de que a Homero le salieran los primeros pelos de la barba.

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