miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿Criterio? ¿Qué es eso?

Algunos comentaristas de novelas que veo por la red parecen tener unos criterios de evaluación tales que así:

  • ● Tiene sus defectillos pero no está mal; es entretenida.
  • ★ Muy buena, la recomiendo a todos los fans del género.
  • ★★ Excelente, se la recomiendo a todo el mundo.
  • ★★★ Maravillosa, mucho mejor que la película; esta incluso la tengo en papel (no tuve corazón para vender el ejemplar del servicio de prensa de la editorial en el mercadillo dominical).
  • ★★★★ Magistral, trasciende el género; la compré en tapa dura aunque ya tenía la tapa blanda del servicio de prensa.
  • ★★★★★ Una de las novelas fundamentales de la literatura universal, la tengo retractilada y sin abrir en mi estantería/altar y me masturbo pensando en su autor/a.

Y no miro a nadie.

lunes, 9 de diciembre de 2013

A veces voy lento...

Reacción de un servidor al comenzar la lectura de Esta noche arderá el cielo, la nueva novela de Emilio Bueso. «El mundo en un puño y, en el puño, el acelerador».

miércoles, 9 de octubre de 2013

Telekinesis en acción

Atentos a esta estupenda acción promocional de Carrie, la nueva versión cinematográfica de la novela de Stephen King que ya llevó al cine Brian De Palma en 1976. Las expresiones y las reacciones de los clientes son gloriosas.

viernes, 4 de octubre de 2013

Críticas, reseñas, comentarios...

Yo siempre digo que casi no escribo críticas ni reseñas; son, simplemente, comentarios en los que expreso mi opinión. ¿Por qué? Veamos las semejanzas y las diferencias.

La crítica y la reseña implican un examen de la obra; en el primer caso, este se acompaña de un dictamen; en el segundo, no (se limita a informar). La opinión pasa directamente al juicio, no requiere que se acompañe de una descripción ni necesita contener más información que el resultado del dictamen.

En mis escritos de opinión, como muchos colegas opinadores de la red, no profundizo en el examen de la obra ni en la información sobre la misma, ni me molesto en ello, porque no soy crítico; soy un aficionado que da su opinión.¹ Esto lo tengo clarísimo, pero otros no. Por eso me mosquea que alguien se meta conmigo porque no he hecho un examen detallado y equilibrado y emitido un juicio con el debido rigor. Perdone usted, don profesional; yo me limito a opinar y a aderezar mi opinión con algunos datos y examino lo que me sale de los cojones con el rigor que me da la gana, porque esto es un país libre que garantiza la libertad de expresión (con los límites un tanto rigurosos que marca la ley; por ejemplo, no puedo llamar gilipollas al autor o puto incompetente al editor, lo cual a veces es un dolor). Yo no critico; comento.

Así que son simples opiniones, vestidas con los datos que me parece adecuado destacar, con el nivel de análisis que me apetece y el rigor que me permite mi pereza mental en ese momento. Y punto.



¹ A veces hay que subrayar lo obvio. Entiéndase como apéndice anejo al aviso con que comencé este blog.




ANEXO (28 de junio de 2014):

Dije que la crítica y la reseña implican un examen de la obra; en el primer caso, este se acompaña de un dictamen; en el segundo, no (se limita a informar). Y lo mantengo. No lo digo yo; basta con consultar el diccionario.

Alguien podrá aducir, y se ha hecho, que el examen de la obra incluye su valoración. Pues no; no si nos atenemos a la definición de examen, aunque el análisis de las cualidades de una obra (buenas o malas) puede dar pie a ello y en una crítica, efectivamente, así es y así debe ocurrir. Pero no en una reseña.

La definición de crítica hace alusión explícita al juicio, es decir, a la valoración. Pero una reseña no es más que una noticia (generalmente breve), antiguamente solo en medios impresos, que da cuenta de la aparición de un libro de tal autor y dedica unas lineas a describirlo; es un término periodístico. Lo que pasa es que a muchos les da cosica decir que hacen críticas y prefieren “reseña”, que se parece a review (es más cool y ya se sabe que lo guay mola) y suena más suave.

Si uno no quiere que le acusen de ser un crítico, ese oficio tan denostado, porque no se siente capacitado o lo que sea, puede decir que escribe comentarios. Es lo que hago yo. Pero si llamamos reseña a lo que no lo es, ¿cómo llamar a las que sí lo son? Pobrecillas, se quedan sin nombre. :-P Se produce una confusión innecesaria. Al final, por no confundir un comentario con una crítica, se confunde con una reseña.

Pero eso ya es cuestión de cómo se tome cada cual el respeto al idioma y lo hipster que sea uno.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Frikisubastas (5): Originales de François Schuiten

François Schuiten: 30 años de aventuras en imágenes. Así ha denominado la casa de subastas francesa ArtCurial, una de las más importantes de Europa, la subasta de obras de Schuiten que tendrá lugar el próximo 24 de octubre, a las siete de la tarde, en su sede de París.

Se trata de 30 obras originales de formato medio, a todo color, y valoraciones que oscilan entre los 17.000 y los 35.000 euros (sí, como lo leéis).

Aunque algunas de estas ilustraciones son fabulosas, personalmente opino que están bastante sobrevaloradas. No sé quién habrá hecho la tasación, pero creo que se ha pasado. A las mejores les pondría un precio de 18.000 euros, como máximo. Pero Schuiten es una superestrella con muchos admiradores. Así que, pese a su sobretasación, no creo que tengan demasiados problemas para venderlos bien.

Estas son tres de las 30 ilustraciones que se subastan:


Lozan, tinta china y acrílico, 1984. Esta ilustración la hizo Schuiten para el “affiche” de una exposición sobre las Ciudades Oscuras que se hizo en Lausanne.


Paris au XXe siècle, acrílico, 1994. Esta obra ilustra una de las primeras novelas de Jules Verne, de la que ya he hablado en este blog anteriormente (véase mi artículo dedicado a Jules Verne dentro de la serie Transhumanidad y posthumanidad en la ciencia ficción).


Panorama – L'Utopie Sociale, acrílico y lápiz, 1997. Una de mis favoritas de la colección. Mide 51 × 68 cm y su valor se ha estimado entre 22.000 y 28.000 euros.


martes, 3 de septiembre de 2013

Frederik Pohl (1919-2013)

Frederik Pohl, 1968, durante la
V Convención de Boston (Boskon 5)

Otro grande de la literatura de ciencia ficción que se nos va: Frederik Pohl falleció ayer por la tarde tras haber sufrido problemas respiratorios por la mañana. Tenía 93 años.

Mi primera “reseña” fue sobre su novela «Pórtico»; fue mi primer comentario de texto en el instituto. Todavía no tenía 15 años (soy de diciembre) y aún recuerdo, con un poco de rabia, la reacción del profesor, que me recomendó leer cosas “de más entidad”. ¡Qué osada es la ignorancia!

Frederik Pohl me enseñó que en la ciencia ficción podía haber mucho más que aventura y maravilla, sin abandonarlas. Y que no tendría que dejar de leer ciencia ficción cuando madurase, que había esperanza para mí, como lector, en el futuro. La lectura de «Pórtico» fue un shock, fue como participar en un rito de paso. Nunca lo olvidaré.

Farewell, Mr. Pohl! Y gracias.

viernes, 30 de agosto de 2013

«Los Héroes», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆½

«Los Héroes» es la quinta novela del escritor británico Joe Abercrombie, del que ya hablé aquí para comentar su novela anterior, «La mejor venganza». Ambas están ambientadas en el mismo universo fantástico que las tres precedentes, que conforman la trilogía de la Primera Ley: «La voz de las espadas», «Antes de que los cuelguen» y «El último argumento de los reyes». Como «La mejor venganza», «Los Héroes» es de lectura independiente, aunque comparte muchos detalles con las anteriores. Además, se ha confirmado la próxima publicación en España de su sexta novela, «Red Country», cuya acción transcurre también en el mismo mundo de ficción. Todas (excepto la última, claro) están editadas por Alianza. ¹

Si la trilogía de la Primera Ley era una fantasía épica pura y dura en clave de low fantasy (en el sentido rolero) con su bárbaro, su mago, su príncipe, su chica guerrera, sus intrigas palaciegas, su espada mágica y su señor oscuro, sus torres, asedios, batallas y demás parafernalia, pero pasada por el filtro realista de Abercrombie, en sus otras novelas el autor británico ha practicado con alegría la mezcla de géneros encontrando su inspiración, principalmente, en las películas de acción de los años 60 y 70.

Así, «La mejor venganza» es, como indica su título español, una clásica historia de venganza inspirada en el hard boiled criminal y el spaguetti western, heredera de “vendettas” cinematográficas como «A quemarropa» (una referencia a la que hizo alusión el propio Abercrombie, en el Festival Celsius 232 celebrado este verano en Avilés), «Coffy», «Lady Snowblood», «De hombre a hombre» o «El gran Silencio». Por su parte, «Red Country» es una especie de western crepuscular que recuerda un poco a «Centauros del desierto», con elementos de las películas de spaguetti western y de exploitation antes mencionadas. Todo ello, naturalmente, en clave de Espada y Brujería; más espada que brujería, eso sí, algo típico de las novelas de Abercrombie. Una mezcla de lo más espectacular.

En «Los Héroes», Abercrombie nos ofrece una novela de guerra inspirada en el cine bélico de los 60 y 70. En todas sus novelas hay ecos del trabajo de directores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah pero parece que, en este caso, la inspiración le vino directamente de dos películas basadas en novelas de Cornelius Ryan: «Un puente lejano» (de nuevo mencionada por Abercrombie en su encuentro con los lectores en Avilés) y «El día más largo».

Si habéis leído alguna novela de Cornelius Ryan o James Jones (mi favorito de este género, con obras maestras como «La delgada línea roja» (t.c.c. «Morir o reventar»), «De aquí a la eternidad» o «Silbido», ambientadas en la II Guerra Mundial), podéis haceros alguna idea de lo que os espera en este libro.

«Los Héroes» narra las vicisitudes de un conflicto de tres días entre tropas de la Unión, una civilización de nivel renacentista, y una coalición de hombres del Norte, semibárbaros, liderados por el temible Dow el Negro, un personaje al que conocimos en la trilogía de la Primera Ley. Un punto que tiene en común esta novela con otras de Abercrombie es que suelen compartir personajes, aunque su protagonismo varía mucho de novela en novela. Sin embargo, como en el caso de «La mejor venganza», no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de ella.

En «Los Héroes», la intención del autor era dar un tratamiento más realista a las típicas batallas de fantasía, que generalmente son narradas de manera muy superficial. Desde luego, ha logrado totalmente su objetivo. Aplicar las técnicas narrativas del género bélico al género de la fantasía épica ha sido un gran acierto; creo que nunca se había hecho antes con tanto empeño, y el resultado merece la pena. Personalmente, nunca había visto una batalla tan bien contada en una novela de fantasía.

Otro objetivo de Abercrombie era examinar con atención y detalle el concepto de héroe, un tipo de personaje tradicional en el género de fantasía (de hecho existe todo un subgénero, hermano de la fantasía épica, conocido como fantasía heroica). ²

Una pista del enfoque elegido por Abercrombie nos la da el propio título de la novela. No se refiere a nadie; Los Héroes es el nombre de un monumento lítico que domina una pequeña colina; es un topónimo, como El Álamo (lugar de una importante batalla, crucial en la guerra de independencia de Texas, que tuvo lugar en 1836). En «Los Héroes» no hay héroes de una pieza, a excepción de esos grandes trozos de piedra. El modelo de héroe tradicional de la fantasía épica es diseccionado y analizado en todas sus partes hasta las últimas consecuencias. Abercrombie hace en esta novela un verdadero estudio sobre el heroísmo, explorando y explotando todas sus posibilidades a través de los personajes, con su afán iconoclasta de siempre.

A Joe Abercrombie lo mueve, en buena medida, un impulso de innovación; siempre intenta aportar algo nuevo al género de la fantasía épica. En la trilogía de la Primera Ley quiso aportar un “plus” de verosimilitud en los personajes, los diálogos, los combates, incluso la magia. El resultado es que el esfuerzo que el lector debe hacer para suspender su incredulidad es menor, así que se engancha mucho más a la narración y, cuando lo maravilloso surge, el efecto es mucho más potente.

Joe Abercrombie puebla sus novelas con personajes llenos de vida, con sus complejidades psicológicas y emocionales; la acción, salvaje, soberbiamente narrada, está salpicada de momentos de calma donde brilla el humor negro de los diálogos, frescos y naturales, y todo ello está aliñado con una interesante falta de escrúpulos morales (como la vida misma), algo que para mí siempre es de agradecer. Son novelas corales, en las que el protagonismo se reparte a lo largo de un buen número de páginas (nunca bajan de 700). «Los Héroes» no es una excepción; cumple con todo lo que acabo de referir. Pero, además, el estilo de Abercrombie está más depurado, se nota un progreso en su manera de narrar. Es, creo, su obra más redonda.

¡La recomiendo!



¹ La publicación de «Tierras rojas» (Red Country) está prevista para octubre de este año.

² Aprovecho para insistir en que no se deben confundir ambos términos. En la fantasía heroica (término acuñado por L. Sprague de Camp para designar cierto tipo de historias de espada y brujería, un término acuñado a su vez por Fritz Leiber) siempre hay un héroe principal, protagonista absoluto de la historia (bueno, en las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Leiber, son dos; vale, ya me entendéis); en cambio, en la fantasía épica, el protagonismo se reparte y la escala del conflicto entre el “bien” y el “mal” es mucho mayor. Ambos subgéneros tienen otras características peculiares de cada cual que no voy a referir ahora porque no es el momento. Quizá lo deje para otra entrada.

Digo esto porque hasta en Wikipedia mezclan los dos subgéneros (tienen montado un cacao impresionante, dicho sea de paso), y no. Esta confusión data de hace más de 50 años, cuando Michael Moorcock propuso el término “fantasía épica” para el tipo de narraciones de fantasía heroica que escribía Robert E. Howard. Fue entonces cuando Leiber se sacó “espada y brujería” de la chistera. Luego se aprovechó el término propuesto por Moorcock para describir epopeyas fantásticas como «El Señor de los Anillos», enmarcadas en el subgénero High Fantasy. Cuando digo que la trilogía de la Primera Ley es una fantasía épica en clave de low fantasy «en el sentido rolero» es porque los jugadores de rol dan un sentido diferente a estos términos; en realidad, si nos guiamos por criterios estrictamente literarios, la trilogía de la Primera Ley es High Fantasy. También se confunde fantasía épica con High Fantasy, cuando no es más que un subgénero de ésta. En fin, ya digo que no es momento para profundizar en estos asuntos, digamos, “taxonómicos”. Quizá más adelante.

jueves, 15 de agosto de 2013

Origen del fantástico (y V): Primeros ejemplos de literatura fantástica

A lo largo de los siglos II y I a.C. comienzan a aparecer en Occidente, además de versiones e imitaciones de los cuentos milesios, tanto en griego como en latín (pero sobre todo en griego, lengua culta por excelencia durante aquel periodo), crónicas de sucesos, viajes, campañas militares y autobiografías de corte realista, de influencia egipcia, que también contribuirán al desarrollo de la nueva narrativa en ciernes. Recordemos que durante el periodo helenístico, desde Ptolomeo I Sóter, la cultura griega se ha ido mezclando con la egipcia, y en el siglo I. a.C. la última reina de su dinastía, Cleopatra VII Filopátor, se relacionó con los dirigentes romanos Cayo Julio César y Marco Antonio. Así que en Alejandría había una mezcla de lo más interesante.

Causa maravilla pensar en lo que pudo guardar en aquella época, y en las décadas posteriores, la gran biblioteca de Alejandría. Como es sabido, la famosa biblioteca fue expoliada y convertida en cenizas en diferentes asaltos, a lo largo de varios siglos, por diferentes invasores fanáticos, tanto romanos cristianos como árabes musulmanes, hasta hacerla desaparecer completamente. Una pérdida absolutamente lamentable.

De todo ese caldo de cultivo salen los primeros novelistas grecorromanos. El más antiguo del que tenemos constancia fue el griego Caritón de Afrodisias (Caria), nacido a finales del siglo I o comienzos del s. II d.C. Caritón era el secretario del ῥήτωρ Atenágoras, un experto en retórica que trabajaba principalmente como abogado. Su novela «Aventuras de Quéreas y Calírroe» narra las peripecias de dos amantes de Siracusa que sirvieron de inspiración para la tragedia de Shakespeare «Romeo y Julieta», aunque la novela de Caritón tiene un final feliz.

Luego vendría, entre otros, el famosísimo Luciano de Samosata (nacido en 125 y fallecido hacia 181), muy conocido por sus novelas fantásticas y de quien, por fortuna, se conserva casi toda su obra en prosa. La lengua materna de Luciano, romano de origen sirio, era el arameo, pero prefería escribir en griego ático, lengua que dominaba con verdadera maestría. Era un tipo absolutamente genial, de una cultura extraordinaria, y tuvo una enorme influencia en la literatura posterior. Se le considera el gran maestro de la sátira romana.

Para colmo, su «Historia Verdadera» es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción. En ella describe un viaje a la Luna, donde el protagonista encuentra a una raza de alienígenas selenitas. De tema similar es «Icaromenipo», donde quien viaja a la Luna no es otro que Menipo de Gádara, el cínico inventor de la sátira menipea cuya obra comenté en la entrada anterior.

En «Historia Verdadera», Luciano deja clara cuál es su posición como creador: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir».

Parece que ya lo tenemos resuelto. Naturalmente, nos faltan muchos datos; de la Antigüedad nos han llegado sólo algunos relatos, a menudo incompletos, y muy pocos nombres. Pero parece que podemos datar el nacimiento de la ficción (y, por ende, de la fantasía como género y, por extensión, del género fantástico) en algún momento de las últimas décadas de la República Romana, en la recién conquistada provincia de Asia Menor, desarrollándose en los inicios del Imperio Romano, en el siglo I, y estallando por fin en el siglo II con el gran Luciano de Samosata.

Sin embargo, nos equivocaríamos.

☼ ☼ ☼

Me temo que he estado mareando un poco la perdiz y jugando al despiste con vosotros, queridos lectores. Porque todo el tiempo he estado hablando del surgimiento de la literatura de ficción en Grecia, lo que me venía de perlas para fundamentar mis argumentos y exponer ejemplos… La Grecia antigua era mi especialidad cuando estudiaba la carrera y, claro, me apetecía lucirme. Pero resulta que, desde el principio, la respuesta estaba en otra parte.

En el primer párrafo os he dado una buena pista.

La respuesta anterior (la Grecia romana del siglo I a.C.) podría valer si la civilización occidental fuera la única existente o, al menos, la primera en alcanzar el nivel de desarrollo necesario para el surgimiento de la literatura de ficción como «producción autoconsciente». Pero resulta que no fue así.

En Egipto ya habían pasado por eso 2000 años antes.

Sí, siendo occidental y europeo cuesta un poco admitirlo, pero Egipto es la verdadera cuna de la narrativa de ficción (como de tantas cosas) y, por extensión, de la literatura fantástica. De hecho, su literatura de ficción es anterior a los mitos helénicos propiamente dichos y a la mismísima formación de la Hélade, que acababa de comenzar. Lo siento por los griegos, que me son mucho más simpáticos, pero así son las cosas.


El cuento egipcio

Dieciocho siglos antes de la aparición de los primeros cuentos milesios, en Egipto, durante la XII dinastía del Imperio Medio, había ya una literatura de ficción bastante desarrollada, con autores reconocidos (escribas de la corte faraónica, generalmente) y temas de corte tanto realista como fantástico, además de crónicas de viajes, sucesos y anécdotas de toda índole, más o menos ficcionalizadas.

Un ejemplo primordial, de obligatoria mención, es la antología de relatos recogida en el llamado papiro de Westcar (por el aventurero británico que lo adquirió hacia 1825). En este libro, cinco hijos del faraón Khufu (más conocido como Keops) son los narradores de sendas historias de magia a cual más maravillosa. Aunque el papiro data aproximadamente del siglo XVI a.C., la composición de los textos indica que se trata de una copia de un libro anterior, seguramente de la XII dinastía.

Otro ejemplo relevante de narrativa egipcia de este periodo es la historia de Sinuhé. Este relato en verso narra en primera persona las peripecias de un alto funcionario del faraón Senusert I (segundo faraón de la XII dinastía del Imperio Medio), caído inesperadamente en desgracia como consecuencia de un complot contra la familia imperial. En general se la considera como la primera novela, pero al ser un relato autobiográfico no tiene demasiada relevancia para el tema que nos ocupa, aparte de dejar constancia de su influencia temática y estilística. Lo mismo se puede decir de relatos de la misma época como la historia de In-pu, el campesino elocuente, crónica del caso de un mercader que sufrió el robo de su caravana y fue asistido por la justicia del faraón, que acogió al mercader, capturó y castigó al ladrón, esclavizándolo y poniéndolo al servicio de su víctima, y le restituyó todos sus bienes.

Hay, sin embargo, excepciones como la historia del pastor de ganado que se encontró con una diosa o la historia del marinero náufrago salvado por una fabulosa serpiente gigante, escrita por el escriba Ameni de Amenaa, que se pueden considerar fantásticas. Aunque intervienen divinidades y criaturas míticas, parece seguro que fueron concebidos como obras de ficción para deleite de los reyes y sus familiares más cercanos.

Otros ejemplos más recientes, del Imperio Nuevo (pero antiquísimos también, comparados con los griegos; hacia el siglo XIII a.C.), ofrecen la misma mezcla de narraciones realistas, como la historia de la toma de Yapu (la actual Jaffa, en la zona sur de Tel-Aviv, Israel) por el general Yehuti, o el poema de Pentaur sobre la batalla de Qadesh (donde Ramsés II venció a Muwatallis II, rey de los hititas), con otras de corte fantástico como la fabulosa (y, por desgracia, incompleta) historia del príncipe predestinado o la historia de los hermanos An-pu y Bata, escrita por el escriba Ennana hacia el año 1198 antes de Cristo.

Nótese que estamos hablando de obras del Imperio Medio (comienzos del Minoico Medio en Creta, cuando en la isla apenas se había inventado la escritura) y del Imperio Nuevo (contemporáneas del colapso de la civilización micénica), escritas unos cuantos siglos antes de que a Homero le salieran los primeros pelos de la barba.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Origen del fantástico (IV): La literatura en la Grecia antigua y romana

En capítulos anteriores de «Origen del fantástico»...

¿Cuándo nace lo fantástico? Antes de contestar esta pregunta me apetece aclarar otra cuestión: ¿En qué momento surge la narrativa de ficción? Porque al principio fue el mito, y el mito (como todos los mitos, al principio) era creído por todos a pies juntillas. Bueno, por casi todos. Ante las críticas de los primeros filósofos, la interpretación alegórica de los mitos logró prolongar su influencia intelectual y su valor de verdad, apuntalando su función original como explicación de lo real.

Para mí, la ficción surge en el momento en que el autor es consciente de ser el creador de la misma, no un mero vehículo de la expresión divina. Esto requiere del autor la capacidad de reconocer la fantasía como tal y de separarla, en algún grado, de la realidad. Lo fantástico comienza, por tanto, cuando el mito pierde su prestigio y se reconoce su carencia de valor de verdad pero, sin embargo, el narrador decide imitarlo y emplear sus recursos para crear algo diferente que deleite, sorprenda y maraville al receptor de su mensaje: el público, cuyas estructuras mentales, moldeadas en buena parte por el mito, soportan por un tiempo la ficción, por inverosímil que sea, en un fenómeno que hoy en día conocemos, gracias a Coleridge, como “fe poética” o “suspensión de la incredulidad”.

¿Pero cuándo se produce este paso?

En Grecia, el filósofo Demócrito de Abdera había demostrado tener a su alcance las herramientas intelectuales para escribir ficción, pero carecía de la disposición necesaria. Su interés estaba centrado en descubrir las verdades del cosmos, no en inventar nuevas falsedades para disfrute del público. Demócrito era un filósofo, no un cuentacuentos (al menos, que nosotros sepamos; resulta que los seguidores de Platón, un cabronazo que odiaba a Demócrito con toda su ψυχή, se encargaron de hacer desaparecer casi todas sus obras).

La pugna entre los intérpretes alegoristas del mito y los filósofos de la naturaleza se prolongó durante siglos, contribuyendo a retrasar el momento, hasta que los propios defensores de la verdad mítica, en una escalada suicida, se encargaron de echar por tierra sus teorías, vencidas por el peso del ridículo. En un esfuerzo por querer interpretar cada detalle de los mitos como una revelación cósmica, muchos llegaron a extremos cada vez más inverosímiles, provocando su propio desprestigio. Otros, como Paléfato, se dedicaron a trivializar los mitos eliminando en su interpretación todo misterio, sin dejar resquicio alguno que permitiera el menor atisbo de lo sobrenatural.

Además de las teorías alegóricas, al mismo tiempo, existió otro factor importante en el retraso de la aparición de la narrativa de ficción: la obsesión por la verdad en el bando de los filósofos. El desprestigio de la poesía (por carecer de valor de verdad) dificultó que surgieran entre sus filas los nuevos narradores. Para los políticos como Pericles, que se apoyaban en los filósofos para auparse al poder, la poesía carecía de sentido práctico y, a causa de ello, fue prácticamente condenada. No estaba el horno para bollos.

Tuvieron que pasar siglos, hasta que la polémica se enfrió (sólo temporalmente, por desgracia), para que aparecieran por fin los primeros ejemplos de narrativa de ficción propiamente dicha (según mi punto de vista, claro) en Occidente.


La narrativa arcaica y clásica

Antes de continuar, demos un somero repaso a los modelos narrativos de la Grecia antigua. Los propios del periodo arcaico son:

  • MITOS: Surgen como explicación del origen y la naturaleza del cosmos.
  • LEYENDAS (epopeyas): Dan cuenta de hechos supuestamente ocurridos en un remoto pasado, a los que la imaginación popular adorna con elementos extraídos de los mitos.
  • FÁBULAS: Historias protagonizadas por animales, a los que muchas veces se da la palabra; tienen una función didáctica, especialmente en materia de ética y moral.
  • CUENTOS TRADICIONALES: Ayudan a retener en la memoria colectiva diversos aspectos de la experiencia humana común y cumplen también una función didáctica. Suelen incluir elementos sobrenaturales, como duendes o demonios, que forman parte de la visión del mundo de la comunidad en la que se originan.

Todos tienen en común su carácter tradicional y sobrenatural. Carecen de autor (al menos, de uno que no tenga asimismo un carácter legendario, como Homero o Esopo) y casi siempre hay en ellos algún elemento maravilloso, portentoso o prodigioso. Además, instruyen deleitando (la mejor manera de educar, en mi opinión).

Más tarde, en la época clásica, surgieron formas literarias como el drama (tragedia y comedia), la poesía lírica y la historiografía, que tuvieron una gran influencia en la literatura posterior. Se reconoce ya a los autores, pero estos no se atreven aún a atribuirse el mérito de la creación de sus obras; dramaturgos y poetas declinan su responsabilidad en supuestas deidades que, según alegan ellos, los inspiran. Los historiógrafos no tienen ese problema; se limitan, según ellos, a registrar los hechos (cosa que en muchos casos es más que discutible) y a mencionar fuentes de variado pelaje (formas ambas de evadir también, en el fondo, su responsabilidad).


Y hasta aquí el resumen de lo expuesto, más o menos. ¡Continuemos!


Las sátiras menipeas

El cínico Menipeo de Gádara, que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo, creó una nueva forma literaria de sátira social y moral, en la que mezclaba verso y prosa (prosimetrum), denominada “sátira menipea” en su honor. En sus obras, Menipo atacaba con afilado verbo, típicamente cínico, las actitudes y costumbres de su época. Se diferenciaba así de escritores satíricos anteriores, como Jenófanes, que en sus obras dirigían sus ataques hacia personas concretas.

Seguido en el siglo I antes de Cristo por admiradores como su paisano Meleagro o el romano Marco Terencio Varrón, que imitó su estilo de sátira con bastante éxito (titulando las suyas, por si había alguna duda, «Sátiras menipeas»), tuvo finalmente una influencia notable en el nacimiento de la novela grecorromana. El estilo provocador de Menipo, su mezcla de cinismo y hedonismo, su uso de la prosa y su descreimiento prefiguran con un par de siglos de antelación el cambio que se avecinaba.

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de comentar la influencia de las sátiras menipeas en el nacimiento de la novela griega y romana, hemos de prestar atención a una verdadera revolución literaria, de base oral y popular, que tuvo lugar dos siglos antes en Asia Menor y que jugó también un papel fundamental.


Los cuentos milesios

Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente.

Miguel de Cervantes, «El Quijote» (primera parte), capítulo XLVII.

A comienzos del siglo II antes de Cristo, en plena época helenística, surge en la costa occidental de la península anatolia una nueva narrativa que difiere en aspectos importantes de casi toda la literatura griega anterior, especialmente de la época arcaica, pero también de la clásica (con la excepción, por supuesto, de Menipo, con quien comparte varios rasgos que se pueden atribuir a su influencia).

El nuevo género, que para mí supone el origen de la ficción propiamente dicha en Occidente —y, de paso, de lo fantástico tal como yo lo entiendo— es el cuento milesio, llamado así por Arístides de Mileto, su principal recopilador y máximo exponente, que vivió hacia el año 100 antes de Cristo.

El cuento milesio nació como un género de literatura oral, popular y anónima de naturaleza satírica, divertida y procaz, a menudo con elementos fantásticos o maravillosos. Pronto su éxito llamó la atención de escritores de la zona que se lanzaron a cultivarlo y difundirlo, alcanzando gran fama. Tal fue el caso de Arístides (antecedente, por dos milenios, de recopiladores como los hermanos Grimm o Aleksandr Afanásiev), que recogió estas expresiones del folklore jonio y milesio en sus «Milesíacas» (Μιλησιακά).

Como bien explicaba aquel buen canónigo de Toledo en «El Quijote», en los cuentos milesios la faceta didáctica queda relegada por la lúdica. Priman los aspectos poéticos y emocionales de la narración; se busca divertir, excitar y entretener más que educar. La prosa crece en importancia frente al verso. Los autores pueden ahora prescindir de lo sobrenatural o recrearse en ello, con total libertad. Pueden desmarcarse de la tradición o servirse de ella en la medida que deseen (o les permitan). Se pretende la originalidad y se pierde por fin el respeto a la verdad.

Pronto aparecen los primeros autores al estilo moderno, creadores que reivindican sus obras, en pos del reconocimiento, se atribuyen todo el mérito y asumen la responsabilidad sobre lo inventado (en grados diversos; ya veremos los distintos métodos que utilizaban para escaquearse, según su conveniencia, dependiendo de lo propicio o adverso del ambiente).

Al fin el autor es consciente de su propia capacidad creativa, del fenómeno mental que es la imaginación, como la concibió Demócrito. Sí, puede que hable todavía de las musas y de la inspiración, como harán aún los creadores durante siglos, pero ya no cree de veras en esas cosas; son simples metáforas. Sencillamente forman parte de su acervo de referencias culturales, son herramientas que los autores utilizan a su conveniencia, un elemento más de su universo expresivo.

Ha nacido la ficción moderna… ¿O no?

Pues no exactamente.


(Continuará).

miércoles, 7 de agosto de 2013

La prensa está que echa humo...

La fotografía del escritor Emilio Bueso es cortesía de Alexander P. García, del blog «Donde acaba el infinito». Aprovecho estas líneas para dar las gracias a Emilio por su buen talante y sentido del humor durante nuestro breve encuentro; fue un placer conocerlo. :-)

jueves, 25 de julio de 2013

jueves, 18 de julio de 2013

«Danza de tinieblas», de Eduardo Vaquerizo

☆☆☆☆

En Danza de tinieblas, Eduardo Vaquerizo presenta una España alternativa de ambiente steampunk. La historia arranca en la primavera de 1571, cuando don Juan de Austria, que acaba de alzarse con la victoria en la batalla de Lepanto, recibe la noticia de la muerte de su hermano, el rey Felipe II, en un accidente de caza. Don Juan regresa entonces para ocupar el trono. De este modo se forja una España diferente, que en el año 1927 conserva todos los territorios del imperio, está enfrentada con el Papa de Roma y acoge aún a moriscos y judíos.

En Madrid, capital del Imperio, el cabo de alguaciles Joannes Salamanca es llamado a investigar la muerte en extrañas circunstancias de un joven cabalista judío. Junto a un agente de la Inquisición y la misteriosa y bella Rebeca, pronto averiguará que este crimen está relacionado con una serie de asesinatos, que parecen deberse a un intento de desestabilización del Estado por parte de siniestros grupos que ambicionan el poder.

Encontramos aquí un steampunk a la española, con un carácter propio, fruto de una excelente labor de extrapolación de tendencias de toda índole que, sin embargo, a pesar de cambiar el imperio británico por otro español (con su peculiar idiosincrasia que, lógicamente, exige una serie de cambios), es muy fiel en su desarrollo a los cánones del steampunk.

Así, encontramos en esta obra elementos de la ciencia ficción clásica, como los robots, mezclados con tecnología propia de la era del vapor, mecánica de precisión, magia y personajes pintorescos, todo ello aliñado con una acción trepidante y un toque de extravagancia. Para mí, Danza de tinieblas —finalista del segundo premio Minotauro (que ganó Rodolfo Martínez con Los sicarios del cielo)—, sigue siendo la mejor novela steampunk escrita en castellano y la que mejor ha sabido respetar las claves del subgénero, adaptándolo hábilmente a nuestra tradición cultural.

Danza de tinieblas ha conocido ya dos ediciones (Minotauro, 2005; Sportula, 2012) y tiene una secuela, Memorias de tinieblas (Sportula, 2013), que acabo de empezar a leer. Ambas novelas están disponibles en formato electrónico, a un precio muy competitivo, gracias a Sportula (uno de los sellos que mejor ha entendido cómo vender literatura en este formato).

domingo, 14 de julio de 2013

Primera página de «Cenital», de Emilio Bueso

Escrita con un estilo farragoso y vulgar, la primera página de “Cenital” es un monumento a la chapuza.

Justo después del título del primer capítulo, “Despertar” (manido donde los haya), nos encontramos con una nota supuestamente informativa: “Islas Canarias, 2007” (sólo le falta la hora zulú para redondear la frase).

Personalmente, al leer esto me quedé sorprendido. Vale, la acción tiene lugar en el archipiélago de las Canarias… ¿Pero en qué isla?

Cuando se trata de las Canarias, esto tiene bastante importancia. El archipiélago tiene siete islas principales, diferentes entre sí. Cualquiera que las conozca se preguntará inmediatamente en cuál sucede lo que Bueso pretende contarnos. Como manera de crear intriga no está mal pero, personalmente, agradecería un poco más de precisión.

Continúa la novela con una frase lapidaria de esas que tanto parecen gustar a su autor: “Toda revolución comienza con el sueño de un hombre corriente”. Frase resultona pero de contenido más que discutible. Por desgracia pierde gran parte de su posible capacidad de impacto con la siguiente: “Todo hombre corriente despierta a menudo de una pesadilla”.

Tendría que investigar si todos los hombres corrientes que tengo a mi alrededor despiertan a menudo de una pesadilla. Es la primera noticia que tengo del fenómeno. ¿Esta afirmación está basada en algún estudio o solo es que al autor le sonaba de algún poster promocional de película de terror de los setenta y le molaba especialmente?

Pues yo no debo de ser un hombre corriente, porque duermo como un lirón y raras veces tengo pesadillas.

En fin. Igual es una metáfora. Tengo entendido que a Bueso le encanta “jugar con las figuras retóricas” (¡qué bien, ya era hora de que algún escritor lo hiciera!). Veamos... “Todo hombre corriente despierta a menudo de una pesadilla”. A menudo… Hum. ¿Los hombres corrientes tienen todos, además de pesadillas, problemas de insomnio? Caray, me alegro de no ser un hombre corriente.

Punto y aparte. Error gordo de estilo en toda la frente: “Ésta es la historia…” Vamos a ver, ¿qué pinta ahí esa tilde? Pero peor es lo que sigue, un festival enumerativo con una puntuación caprichosa y vulgar a más no poder, igual que todo lo anterior.

Inicio de capítulo de “Expediente X” mezclado con pomposas (y equivocadas) afirmaciones generales sobre las revoluciones y los hombres corrientes, con una puntuación desastrosa que parece sacada de la publicidad de una película de John Carpenter:

Despertar

Islas Canarias, 2007


Toda revolución comienza con el sueño de un hombre corriente. Todo hombre corriente despierta a menudo de una pesadilla.

Ésta es la historia de un hombre excepcional, de su sueño. De su pesadilla.

De su fortaleza.

Comienza con un despertar. Con el día en que Destral abre los ojos y descubre que la pesadilla es real.

Esta es la historia de un hombre excepcional. Ah, vale, entonces lo de las revoluciones y los hombres corrientes, ¿a qué viene? Este hombre excepcional también tiene un sueño y una pesadilla, y despierta. Como todo hombre corriente. Ah, no, perdón, que este es excepcional.

Al principio pensé que este comienzo era una especie de homenaje a Alfred Bester pero sin un ápice de su elegancia y fuerza evocadora, pero ahora pienso que empezó a escribir el libro por la contraportada y se les coló en la maquetación.

En fin, sigamos… Aunque nos falten ya las ganas de seguir leyendo esto. Vamos a ver…

“De tanto darle la vara le dieron una beca”.

¿Mande?

“De tanto darle la vara le dieron una beca”.

Lo siento, no lo entiendo.

¿Alguien me explica qué significa esto? No es que no entienda el argot popular, sé lo que es dar la vara (empiezo a intuir que lo que acaba de empezar a hacer Bueso unas líneas antes se le parece mucho). Es que no acabo de pillar qué tiene que ver que te den la vara con obtener una beca. Te dan mucho la vara, ergo te dan una beca. ¿Ein?

“Apenas hecho un ingeniero, le pusieron a los mandos de un ordenador que habían puesto a los mandos de un ingenio en órbita geoestacionaria”.

Un satélite espía en órbita geoestacionaria. Espero que no fuera sobre el polo sur.

Por cierto, qué manera tan extraña e innecesariamente rebuscada, falsamente concisa, de expresar que el personaje acaba de licenciarse como ingeniero. “Apenas hecho un ingeniero”. Es un aborto sintáctico, feo a rabiar.

“Con él vigilaban el globo. Curiosos tiempos éstos, en los que ponen a un becario a manejar un satélite espía”.

Curiosos tiempos estos en que se publican novelas sin una revisión y corrección dignas del dinero que deben pagar los lectores por leerlas.

“La guerra la hace un software que no se puede descargar; la política, unos tíos que no representan a nadie; y la inteligencia, lo mismo la lleva una panda de idiotas”.

Lo mismo me dan lo mismo tu estilo vulgar, tu colección de lugares comunes y tus invenciones inverosímiles sacadas de la manga. Anda ya, ¿un becario manejando un satélite espía? Pues sí que son idiotas, sí…

No es sólo que esté escrito con el culo, con errores ortográficos (la tilde de “estos” me ha hecho daño) y carezca de sentido; es que el poco que tiene no resulta mínimamente creíble; ni siquiera es original.

Y hasta aquí llegan mis impresiones sobre esta novela, porque no pienso seguir leyéndola.


Fotografía cortesía de Ignacio Illarregui.

lunes, 10 de junio de 2013

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción

Hay que ver lo que nos gusta a los frikis hacer listas. Recuerdo que cuando era un chavalín imberbe recopilaba como loco todos los nombres de autores de ciencia ficción que podía. Los sacaba de catálogos, principalmente, pero aprovechaba cualquier mención en prensa o televisión para añadir más nombres, con el fin de indagar luego sobre ellos en las librerías o en la biblioteca (otra fuente inestimable: las solapas de los libros y las páginas sobrantes dedicadas a publicidad). Todavía conservo esas listas mecanografiadas en mi vieja Olivetti, ¡qué tiempos!

Pero las listas de los cinco mejores de lo que sea, desde luego, se llevan la palma. ¿Recordáis aquella aplicación para Facebook de hace años? Qué gratos momentos haciendo listas de las cinco marcas de cerveza favoritas, las cinco estrellas del porno favoritas de los 80, las cinco estrellas del porno favoritas de los 90...

Hace algo menos de un año publiqué un post sobre mis cinco relatos favoritos de ciencia ficción y, con el correr de los meses, se ha convertido en el más visitado del blog. Así que, para celebrarlo, me he puesto a pensar en mis cinco novelas favoritas de ciencia ficción.

Con las novelas me ha costado bastante decidirme. Las tres primeras las tengo clarísimas, pero los otros puestos se los disputan unas cuantas obras. Si confeccionara este «Top Five» mañana, seguramente el resultado sería diferente.

Naturalmente, ya he hecho este ejercicio anteriormente, varias veces. Con los años la lista ha ido cambiando; se han ido cayendo libros y han ido entrando otros nuevos. Recuerdo que hace diez o quince años Pórtico (de Frederik Pohl), Dune (de Frank Herbert) y Estación de tránsito (de Clifford D. Dimak) ocupaban el podio; sin embargo, ahora no entrarían siquiera en el «Top Ten». Nuevas lecturas y un creciente refinamiento de mis gustos han ido desplazando esos clásicos a puestos inferiores. Por supuesto, me sigue encantando Estación de tránsito, que me parece la obra maestra de Simak; le tengo un cariño especial y la sigo recomendando, igual que las otras. Pero llegaron otros títulos que los fueron desbancando, como la devastadora Los genocidas (Thomas M. Disch), la inteligente Lengua materna (Suzette Haden Elgin), la vibrante Neuromante (William Gibson), la genial La voz de su amo (Stanislaw Lem), la rutilante Hyperion (y su continuación, La caída de Hyperion, de Dan simmons)...

En fin, aquí está mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción de hoy, 10 de junio de 2013:


Pensad en Flebas

Pensad en Flebas / Consider Phlebas, de Iain M. Banks (1987).

Para mí, la novela de space opera definitiva. La cumbre del género. Una montaña rusa repleta de sentido de la maravilla, personajes memorables, acción a raudales, humor, violencia, aventura, alienígenas, naves inteligentes, asesinos cibernéticos, persecuciones, suplantaciones de identidad, partidas de cartas mortales, batallas espaciales, tiroteos, explosiones de todo calibre, abordajes, saqueos, asaltos, rescates in extremis, espionaje, tragedia, desesperación, melancolía, choque de civilizaciones, y visto desde el punto de vista del “malo”, uno de los mejores y más carismáticos personajes que ha dado el género.

Pero no es solamente una space opera clásica llena de acción e intriga. Es sorprendentemente profunda (sorprendente la primera vez que lees a Banks, enseguida te acostumbras a su estilo, es lo que tiene lo bueno). Es desvergonzadamente alocada y palpitante, pero también es capaz de sobrecogerte y emocionarte con gran sutileza, está soberbiamente escrita (a diferencia de tantas obras del género) con una prosa deliciosa, diálogos brillantes e imágenes alucinantes. Y todavía le da tiempo a realizar una reflexión sobre la guerra, el fanatismo y el sentido de la vida en un universo en que cualquiera puede vivir el tiempo que quiera en las condiciones que le dé la gana. Lo tiene todo, T-O-D-O.

La space opera es mi debilidad, así que esta tenía que ser la primera. Como muchos sabéis, adoro a Banks, nunca estaré lo bastante agradecido a Miquel Nicolás (Neko en es.rec.ficcion.misc) por dármelo a conocer. Es más, me ha costado no meter más cosas suyas en esta lista.

Cada vez que leo esta novela me reafirmo en lo maravillosa que es. Es mi novela de ciencia ficción ideal.

Unas horas después de escribir las líneas de arriba, me he enterado del fallecimiento de Iain Banks, víctima de un cáncer. Es una gran pérdida. Sólo tenía 59 años. Vaya esta entrada como homenaje temprano a su figura excepcional. Próximamente intentaré dar un repaso a su trayectoria literaria, algo que le debo desde hace muchos años.

Vurt

Vurt, de Jeff Noon (1993).

Poco puedo añadir a lo que ya expuse en mi blog hace ocho años. «Original, salvaje, seductora, tiernamente punk». Ganadora del Arthur C. Clarke Award de 1994 con toda justicia. A pesar del tiempo transcurrido, ninguna obra ha sido capaz de desbancarla de su sitio. Jeff Noon es un auténtigo mago.

Últimamente ha “resucitado” creativamente, después de unos años de confusión y problemas personales que parecen superados, algo de lo que me alegro enormemente. Acaba de presentar una nueva obra, Channel SK1N, que espero leer pronto, y de vez en cuando me alegra el día en Twitter con sus preciosas “microesporas”.

Vurt tiene una secuela, la lisérgica Polen, y una precuela inédita en castellano, Nynphomation, pero aunque están muy bien escritas no son tan arrolladoras como Vurt. Por cierto, esta novela también me la recomendó Miquel Nicolás (gracias, tío).

Vurt

Invernáculo / Hothouse, de Brian W. Aldiss (1962).

Para mí, la mejor novela de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, un fix-up compuesto por cinco relatos largos (novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction que, curiosamente, fueron premiados con el Hugo al mejor relato en su conjunto. Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de la excelente Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más. :-))

La leí hace diez años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo.

La mejor novela que leí en 2003, EMHO.

Vurt

Naufragio / Shipwreck, de Charles Logan (1975).

Tenía mis dudas sobre esta novela, pero ayer estuve en la tertulia de Santander (TerSa) y, comentándolas con mis colegas lectores de ciencia ficción, me di cuenta de que no había ningún motivo para bajarla del pedestal. Sigo sintiendo una oleada de entusiasmo al hablar con otros aficionados de esta novela singular (nunca mejor dicho, porque fue la única que escribió su autor). Quizá se debiera a la cerveza, pero lo cierto es que me emocioné recordándola, como ocurre siempre que la saco a colación.

Siempre que comento Naufragio con otros aficionados recuerdo una pequeña anécdota que, no sé por qué, olvidé mencionar en el comentario que hice hace tiempo en este blog. Decía que, al cerrar el libro, me sentía afortunado por haber podido leerla, y así fue. Pero no fue solo eso. Seguí conmocionado un par de minutos, con el libro entre las manos, rememorando lo que acababa de leer.

¡Qué hazaña la de Charles Logan! Me recordaba un poco a lo que Kevin O'Donnell había logrado en ORA:CLE, que con muy pocos personajes y una habitación construyó una novela fascinante. Pero lo de Logan iba más allá, lo superaba con creces. ¡Un solo personaje en todo un planeta!, y sin aburrir en ningún momento. Al contrario, es una aventura apasionante.

Miré el libro que tenía cerrado entre mis manos, lo volví a abrir y lo releí desde el principio.

La mano izquierda de la oscuridad

La mano izquierda de la oscuridad / The Left Hand of Darkness, de Ursula K. Le Guin (1969).

Probablemente es la novela que más tiempo lleva en mi «Top Five». Comparte con el resto de la lista ciertas características que la hacen especialmente atractiva para mí: es una space opera, está muy bien escrita, tiene sus buenas dosis de maravilla, tiene acción, intriga, personajes «más grandes que la vida», bellas descripciones de parajes exóticos (un mundo helado) y también sirve de vehículo para la reflexión. Ganadora de los dos premios mayores del género, el Hugo y el Nebula, y recogida en El Canon Occidental de Harold Bloom, la historia de Genly y Estraven no es sólo una aventura espacial, un canto a la fraternidad por encima de las diferencias y una oda a la supervivencia (otro punto en común con las otras novelas de mi «Top Five»); también es un inteligente ejercicio de especulación social, en este caso sobre los sexos y la identidad sexual, con un toque de amargura y melancolía que, no sé por qué, como ya he comentado, siempre me ha agradado (otro ingrediente común a las cinco novelas del «Top»).

Planetas lejanos, culturas exóticas, reflexiones sobre el poder y el deber, sobre el entendimiento entre gente diferente, lucha por la supervivencia, intrigas palaciegas, mucha originalidad y una historia conmovedora escrita con un estilo literario sencillamente brillante (y, algo que me importa mucho, es emotiva sin resultar en absoluto empalagosa).

Tenía que estar en la lista.

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Iain Banks (1954-2013)

Iain Banks

Mi escritor favorito de ciencia ficción falleció ayer por la mañana, víctima de un cáncer. Pensar que no habrá más obras de Iain Banks es demasiado triste. Precisamente hoy estuve escribiendo sobre mis cinco novelas favoritas del género para este blog y mi preferida de todas es suya. Aprendí a leer en inglés con sus obras y fue el que mejor conectó, a través de ellas, con mi manera de ser y de pensar. Lo voy a echar de menos.

Puto cáncer.

jueves, 6 de junio de 2013

Show me your boo... ks, meme

En el (magnífico) blog de la fantascopista Leticia Lara «Fantástica–Ficción» ha surgido un meme curioso que consiste en un ejercicio de reportaje gráfico bastante particular: fotografiar las estanterías repletas de libros que hay por casa.

El shelf porn es una actividad especialmente grata para la mayoría de los frikilectores, que gustan de enseñar sus antros de perversión (el famoso «rincón del vicio») urbi et orbi desde que el friki es friki. Yo, lo primero que hago cuando un amigo friki visita mi casa por primera vez, es enseñarle las estanterías. Siempre.

Llevo mucho tiempo detrás de unas Billy de IKEA para tener mi biblioteca en condiciones a bajo coste, pero la jodía me pilla a 100 km. Tengo diseñadas unas para hacerlas en una fresadora de mesa, pero necesito una máquina que corte piezas de más de 240 cm. En fin, que de momento se quedan mis horriblemente variopintas librerías donde están. Qué se le va a hacer.


De la A de Juan Miguel Aguilera a la D de Arthur Conan Doyle.


De la E de Greg Egan a la P de Terry Pratchett.


De la P de Christopher Priest a la Z de David Zindell y un montoncito de antologías.


Básicamente, fantasía y terror.

Falta otro estante pero está muy desordenado y sólo contiene unos pocos libros de terror, tecnothrillers de dudosa clasificación, una the pila de libros cochambrosos de la colección Galaxia, unos cuantos repetidos y los tres primeros tomos de Caballo de Troya, que vale que confiese tenerlos pero tampoco es como para andar enseñándolos. Además, lo tapa la tele.

Aquí os muestro solamente lo de género fantástico, porque si no me tiraría toda la tarde haciendo fotos en el salón, en el cuarto de invitados, en el ático, en el altillo del garaje..., y no es plan. Tampoco he puesto los comics, que están en el ático.

En mis estanterías de anobii.com podéis fisgar buena parte de lo que muestro en las fotografías.

En esta primera ronda de exhibicionismo bibliófilo se han unido al desparrame estanteril los siguientes blogs:

jueves, 30 de mayo de 2013

Frikisubastas (4): Ilustración de «El rey de amarillo», de Robert W. Chambers

Esta mañana he visto en la tele cómo subastaban la ilustración de cubierta original de El rey de amarillo, la famosa antología de Robert W. Chambers, que él mismo realizó hacia 1895.

Estuvo durante muchos años en la colección de Forrest J. Ackerman. Cuando se murió pensé que sería una pena que sus cosas acabaran desperdigadas por todo el mundo llenando los bolsillos de subastadores y especuladores. Por desgracia veo que mis temores se están haciendo realidad.

Una maravilla que debería estar en un museo, subastada al mejor postor. Me ha dado mucha pena.

El heredero de Ackerman ofreció la pieza a la casa de subastas especializada en “frikicosas” Profiles In History, que tiene su propio programa de televisión en el canal Syfy. Joe Maddalena, el subastador, no tenía ni puta idea de lo que tenía delante; está acostumbrado a vender piezas de atrezzo y vestuario de películas y series de televisión. Lo valoró en 400 o 600 dólares, una auténtica locura. ¡Menudo incompetente! Al final se vendió por 7000 dólares, pero creo que en una casa de subastas decente habría alcanzado fácilmente los 12.000 $, incluso más.

Lo dicho.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Origen del fantástico (III): Alegoría

Mi primera entrega de esta serie comenzaba explicando un breve diálogo con mi estimado camarada Ignacio Egea sobre el nacimiento de lo fantástico. A la duda que él planteaba sobre su posible origen en el mito o, por contraste, en su superación filosófica y literaria, replicaba yo que «el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real», aludiendo con esto último al hecho de que, en la Antigüedad previa al periodo clásico helénico, casi todo el mundo occidental creía a pies juntillas en sus mitos o, como mínimo, evitaba criticarlos como fuente de saber sobre el universo.

Claro está que la ficción no tiene por qué servir para explicar la realidad, pero puede hacerlo. Como a menudo me recuerda mi querido Nacho Illarregui, la ficción —incluyendo la fantástica— también puede servir para ayudar a entender el mundo que nos rodea. Diferentes aspectos del κόσμος pueden ser representados mediante símbolos. El receptor del mensaje sólo debe aprender a identificarlos e interpretarlos, a desentrañar su sentido. Esta teoría no es nueva, ni mucho menos; de hecho, apareció como resultado de la reacción de los sectores más conservadores de la Grecia arcaica a las críticas del mito planteadas por los fundadores de la filosofía.

Los primeros intentos de justificar los mitos racionalmente aparecieron muy temprano, en un esfuerzo, por parte de los defensores de la tradición, de salvaguardar su utilidad como instrumento para explicar la realidad. La culminación de este afán fue la teoría alegórica, formulada en primer lugar por Teágenes de Regio.

Teágenes, considerado desde la Antigüedad como el primer gramático (en el sentido antiguo de “estudioso de la literatura”), fue un agudo comentarista de Homero. Según él, comprender el cosmos a través de los poemas homéricos era posible si admitíamos que tras la aparente falsedad del mito se escondía una verdad relevante sobre la realidad. Los mitos tenían, pues, un significado simbólico; utilizaban metáforas para describir la realidad. Así, las violentas refriegas entre los dioses eran una alegoría de las fuerzas de la naturaleza en conflicto, por ejemplo. La interpretación alegórica de los mitos permitía resolver las incongruencias de la cosmogonía tradicional, justificar el comportamiento inmoral de los dioses y, de paso, las invenciones y falsedades de las narraciones míticas y legendarias.

¿Y quién inspiraba esas alegorías? Las Musas, por supuesto, ¿quién si no?

Las diferentes teorías alegóricas fueron durante siglos un obstáculo importante para el reconocimiento pleno de la creación humana, con valientes excepciones como Demócrito, a quien su ateísmo no dejaba otra salida lógica. Pero, paradójicamente, fue la naturaleza humana de esta teoría (como instrumento, al fin y al cabo, creado por los hombres) lo que conllevó finalmente su superación.¹

La teoría alegórica tiene sentido cuando hay, efectivamente, un sentido oculto, figurado, en la narración. Pero, ¿qué pasa si no lo hay? Si nos obsesionamos en buscar un sentido alegórico en todo, podemos acabar alucinando, viendo cosas donde no las hay. Y eso es justamente lo que ocurrió.

(Continuará.)


¹ E. L. Doctorow alarga el momento hasta la época isabelina, nada menos, y la verdad es que no le falta mucho fundamento. Pero no adelantemos acontecimientos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Origen del fantástico (II): La intervención de los filósofos

En la anterior entrega sobre el origen de la ficción comentaba lo que, para mí, es la diferencia esencial entre mito y ficción pura y dura: que el hombre fuera consciente de sí mismo como creador. Especulaba con la posibilidad de que ese paso se diera en la Grecia arcaica, con las primeras críticas al mito y el nacimiento de la filosofía, pero un examen de las fuentes de la época arrojó un resultado negativo. Incluso después del nacimiento de la tragedia, los poetas seguían creyendo en las musas o, al menos, no se atrevían aún a declarar otra cosa.

Los filósofos, en cambio, eran (con las debidas cautelas, pues rechazar abiertamente la tradición podía llegar a costarles la vida) bastante más osados. Jenófanes de Colofón, por ejemplo, se burla abiertamente de la poesía épica de Homero y Hesíodo, criticando que éstos atribuyeran a los dioses actitudes, comportamientos, sentimientos y defectos morales propios de los humanos. Llega a sugerir que los dioses son creados por los hombres a su imagen y semejanza: los dioses etíopes son negros y tienen la nariz chata, mientras que los dioses tracios tienen los ojos azules y el pelo rojizo, dice Jenófanes, y si los caballos pudieran plasmar en imágenes la figura de sus dioses, pintarían briosos corceles. Otro filósofo arcaico, Hecateo de Mileto, dejó escrito en sus Genealogías que los mitos helénicos le parecían “risibles y contradictorios”, sin utilidad para explicar el mundo.

Pero es Demócrito de Abdera, ya en época clásica, quien por primera vez reconoce su convencimiento de que la inspiración de los poetas no viene de las musas, sino de algún otro mecanismo puramente natural, propio de la naturaleza humana.


Antes y después de Demócrito

Discípulo del físico Leucipo (aunque algunos lo discutan) y contemporáneo de Sócrates y Platón, Demócrito es reconocido en la actualidad por haber servido como primera piedra de toque del idealismo socrático y platónico; fue el primer ateo, el primer materialista escéptico, y el iniciador, a través de Epicuro (que estudió con un discípulo suyo, Eusífanes), de una de las filosofías más influyentes desde la Antigüedad. Sus intuiciones sobre la naturaleza de las cosas, como el átomo, el ser y el no-ser, las relaciones entre azar y necesidad (entre las leyes del caos y las constantes que rigen el universo), la multiplicidad de los mundos y la psique humana siguen teniendo hoy una gran influencia. La ejerció de forma notable en Aristóteles, y por extensión, a través de éste, en toda la historia de la ciencia y la filosofía hasta la Edad Moderna, cuando es de nuevo reivindicado.

Desgraciadamente, de su obra escrita sobre lenguaje y literatura apenas han sobrevivido unos fragmentos (al final Platón, que quería quemar sus obras, consiguió que sus admiradores de los siglos venideros le hicieran el trabajo sucio) y lo poco que sabemos de él lo debemos al celo de unos pocos filósofos honestos interesados en la naturaleza y cuya influencia en la posteridad fue también grande, como Aristóteles y Teofrasto, o de historiadores desprejuiciados como Diógenes Laercio (gracias a quien sabemos que escribió un tratado sobre Homero).

Uno de los comentarios de Demócrito que han sobrevivido hasta nuestros días tiene que ver con la obligación de ser «veraz, no charlatán». Esto no me da muchas esperanzas de que aprobara el concepto de ficción tal como lo entendemos en la actualidad, pero seguro que era capaz de comprenderlo y es posible (¿quién sabe?) que él mismo lo desarrollara en sus obras sobre literatura. Lamentablemente, nos faltan datos.

Lo que sí sabemos (a través de Cicerón) es que Demócrito no atribuye la inspiración a divinidad alguna. Para él, el poeta no es un elegido de las musas sino, simplemente, una persona proclive, por naturaleza, a la fantasía. Los poetas, con su entusiasmo y su extravagancia, no son personas tocadas por la divinidad, sino por «un soplo de locura». La poesía nace, pues, de un cierto estado mental y emocional del poeta.

Este paso conceptual representa un cambio de mentalidad tremendo.


Como cualquier griego de su tiempo, Demócrito conocía las fábulas de Esopo, de las cuales nos han llegado unas setenta. Junto con los poemas épicos homéricos, las fábulas de Esopo constituyen la base principal de la literatura narrativa griega del periodo arcaico. No me cabe duda de que Demócrito tuvo que escribir sobre ellas, pero nuevamente sólo podemos especular al respecto, pues esos escritos, si existieron, se han perdido con todos los demás. Creo, sin embargo, que Demócrito fue el primero capaz de leer una historia sobre animales que hablan y pensar: «esto es ficción; un hombre la elaboró en su interior; es un producto del arte humano».

Pero esto no es más que una especulación mía, sin apenas más base que la intuición. Una creencia elaborada; una especie de mito personal, en el fondo.

(Continuará.)

miércoles, 1 de mayo de 2013

«La voz de su amo», de Stanislaw Lem

☆☆☆☆½

(Publicado originalmente el 8 mayo de 2006 en «C». Revisado para su reedición en «Cavernalia».)

En una de las últimas entrevistas que concedió antes de fallecer, Stanislaw Lem realizó unas declaraciones que no ponían en muy buen lugar la literatura de ciencia ficción. Estas opiniones del gran autor europeo del género, publicadas póstumamente, causaron cierto revuelo en el mundillo. Sin embargo, no eran nada nuevas en él; ya en La voz de su amo, escrita en 1967, Lem había dejado bien clara (a través de su “alter ego” en la novela, el científico Peter E. Hogarth) su parecer sobre este asunto:

   Empecé a visitar más a menudo al doctor Rappaport, mi vecino, y a veces conversábamos horas enteras. Sobre el código estelar hablábamos rara vez y brevemente. Un día lo encontré en medio de grandes paquetes de los que salían atractivos y brillantes libros en rústica con cubiertas en las que aparecían motivos míticos. Había intentado utilizar como “generadores de ideas” —porque estábamos quedándonos sin ellas— esas obras de literatura fantástica, ese género popular (especialmente en los Estados Unidos) llamado, por persistente error, “ciencia ficción”. Hasta entonces, él nunca había leído este tipo de libros; estaba molesto —e incluso indignado—, porque había esperado variedad y había encontrado monotonía.
   —Tienen de todo, salvo fantasía —dijo. Una equivocación, sin duda. Los autores de estos cuentos de hadas pseudocientíficos suministran al público lo que éste quiere: tópicos, clichés, estereotipos, y todo ello lo suficientemente engalanado y vuelto “maravilloso” como para que el lector pueda sumirse en un estado de sorpresa sin riesgos y, al mismo tiempo, no se conmueva la filosofía que tiene de la vida. Si hay progreso en una cultura, dicho progreso es sobre todo conceptual, pero la literatura, y en especial la ciencia ficción, nada tiene que ver con él.

(La voz de su amo, capítulo nueve.)

Estas opiniones, repetidas en aquella entrevista que mencioné al principio, parecieron sorprender —y hasta escandalizar— a bastantes aficionados. Pero, en general, este rechazo de Lem a la literatura de ciencia ficción (que, según él, le valió la expulsión de la SFWA) fue muy malinterpretado. Stanislaw Lem se desmarcó de la ciencia ficción como realidad literaria, no como género en sí. Esto último habría sido absurdo; él mismo la cultivó durante cuarenta años; no iba a tirar piedras contra su propio tejado. Pero una parte considerable del público ha interpretado estas declaraciones como un ataque a la ciencia ficción en sí.

No es así, repito. Lem rechaza la ciencia ficción no como concepto sino como realidad escrita y publicada, en una generalización no muy diferente de la que hiciera Sturgeon con su famoso porcentaje («Yeah, ninety-five percent of science fiction is crud; but then, ninety-five percent of everything is crud»).

Pero no sólo se desmarca de la literatura de ciencia ficción de palabra, sino con sus obras. Si analizamos La voz de su amo a la luz de las palabras de Lem/Hogarth al comienzo del capítulo nueve, vemos que es justamente la antítesis de la ciencia ficción que él critica: no da al público lo que quiere, sino lo que siente que puede necesitar, y está especialmente ausente de tópicos, clichés y estereotipos (precisamente una de las mejores cosas de la novela es cómo retrata a los científicos, cada uno con sus obsesiones, personalidades y motivos), todo ello descrito con acerba y desafiante ironía, rebosando ideas y variedad temática en cada página, y tocando asuntos que afectan directa y lisamente a los fundamentos de nuestra visión del mundo y de la vida.

La voz de su amo es, para mí, la novela definitiva de Stanislaw Lem. En sus páginas reúne temas y características de todo el resto de su producción “seria”, desde la crítica feroz a la burocracia (que desarrolló en Memorias encontradas en una bañera) a la imposibilidad de comunicarse con inteligencias alienígenas (Solaris, Fiasco), pasando por la cibernética, la teoría de la información, el antiquísimo conflicto entre libertad y necesidad, la psicología, el conflicto entre fe y razón, la ética científica, la posición del hombre y de lo humano en el universo…

Leí esta novela hace veinte años, dos veces seguidas. La segunda vez empecé a anotar uno por uno los temas que iba tratando Lem en la novela. A las pocas páginas, la lista era tan larga que tuve que dejarlo, agotado. Desde entonces, es uno de mis libros favoritos.

La galería de personajes es impresionante, desde el mismo narrador, el profesor Hogarth, que abre la novela con un autorretrato estremecedor, hasta el genial doctor Rappaport: físicos, matemáticos, biólogos, especialistas en todo tipo de ciencias y pseudociencias, filósofos, filólogos, burócratas, telepredicadores, militares y agentes de la CIA que se reúnen en un aislado paraje del desierto de Mojave, desfilan y se toman de la mano en un frustrante baile de dos años de duración al son de un supuesto mensaje extraterrestre, captado accidentalmente en el observatorio de Monte Palomar.

El plan ultrasecreto que surge para descifrarlo, y que da nombre a la novela, es el caldo de cultivo ideal para la mejor literatura de Lem, que explora sus temas favoritos desde perspectivas diferentes, desde el realismo hasta el absurdo, que va impregnando la narración a medida que el proyecto se empantana en la más abyecta incomprensión.

Un libro indispensable para cualquiera que desee adentrarse en el mundo de Stanislaw Lem; hay que ir por sus páginas a machetazos, es como una jungla de ideas, pero el viaje merece mucho la pena.

sábado, 19 de enero de 2013

Antonio Rodríguez Babiloni

Acabo de enterarme por Angel Araquistain, "Hober", del fallecimiento de Antonio Rodríguez Babiloni, el pasado verano.

Aunque últimamente no me llevaba bien con Antonio (por un problema mío de intolerancia, supongo), lamento su desaparición.

Murió el 30 de junio a los sesenta años de edad, cumplidos el 19. Recuerdo que cuando entré en es.rec.ficcion hace 15 o 16 años ya estaba muriéndose. Sus problemas de salud, que no se cansaba de narrarnos con detalle, eran constantes. Sufrió mucho en su vida y tuvo mucha mala suerte. Llevaba muchos años esperando un trasplante que nunca llegaba y, cuando por fin algún médico se apiadó, ya fue tarde.

A pesar de sus erratas (en un sentido amplio) y sus excentricidades, me consta que era un buen tipo que nunca mereció tanta mala suerte y tanto sufrimiento. Ahora, por fin, han terminado. Descanse en paz.