domingo, 11 de noviembre de 2012

Kevin O’Donnell, Jr. (1950-2012)

Me acabo de enterar, por la Tercera Fundación, de la muerte de Kevin O’Donnell, Jr., autor de ORA:CLE y Efímeras, entre otras obras (la mayoría inéditas en España) y presidente durente varios años del jurado que concede los premios Nebula de la SFWA. Falleció el pasado miércoles, con tan sólo 61 años de edad, por complicaciones derivadas de un cáncer que padecía.

Kevin O’Donnell y yo nos carteamos brevemente hace unos años, después de que, por casualidad, yo descubriera a un homónimo suyo en Usenet; busqué su dirección de e-mail y me decidí a escribirle para preguntarle si era él (no era; se trataba de una coincidencia). Hablamos de sus libros; el hombre no tenía ni idea de que le habían publicado dos novelas en España, se enteró por mí (algo, como mínimo, extraño; aunque, después de averiguar ciertas cosas sobre Ultramar, ya no me extraña tanto). Kevin O’Donnell era un tipo muy enrollado, atento y con un gran sentido del humor, que respondió amablemente (y diría que con alegría) a mis preguntas.

En fin, su fallecimiento es una verdadera lástima.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ken Liu en «Cuentos para Algernon» (y «Terra Nova»)

“Marcheto” estrena Cuentos para Algernon, su blog de traducciones legales de cuentos de género fantástico, con Quedarse atrás (Staying Behind), un emotivo relato de Ken Liu, que se lo ha cedido para el blog. “Marcheto” no se dedica profesionalmente a la traducción, pero tiene muy buen nivel. Vamos, que no son traducciones cutres ni mucho menos. La lectura de Quedarse atrás es totalmente recomendable.

Ken Liu ha triunfado este año en la categoría de relato corto con el Hugo, el Nebula y el World Fantasy por The Paper Menagerie (El zoo de papel,) que publicará en castellano la antología Terra Nova. ¡No os la perdáis! Hoy mismo entra en imprenta y pronto podréis adquirirla (los que no os hayáis suscrito ya; podéis hacerlo hasta el 1 de diciembre, ahorrándoos un euro y recibiéndola en vuestro domicilio) por sólo 16 euros. Incluye también el Hugo de Ted Chiang a mejor novela corta del año pasado, The Lifecycle of Software Objects (El ciclo vital de los objetos de software). Sólo por estas dos obras maestras de la literatura fantástica breve ya merece la pena gastarse el dinero. ¡Un estupendo regalo para las próximas fiestas!

miércoles, 31 de octubre de 2012

¡AAAH!

George Lucas y Robert A. Iger, presidente ejecutivo de Disney firman el acuerdo de compra.

George Lucas vende Lucasfilm a Disney por 4.050 millones de dólares. Creo que noticias como esta deberían estar controladas por la OMS. Creo que me ha provocado un conato de apoplejía. Mi mitad friki está paralizada.

Pasado el momento de sorpresa, creo que es una noticia muy positiva. Babeo pensando en las sinergias que se darán entre la gente de Pixar y la de Industrial Light & Magic, los diseñadores de LucasArts y los de Pixar, los directores y guionistas de Disney con las historias de Star Wars...

martes, 30 de octubre de 2012

Parecidos razonables: VID-PHŌN/VODAFONE

El otro día estaba viendo por enésima vez Blade Runner cuando me fijé en el logotipo del servicio de videofonía que usan Rick y Rachael...

Y me recordó al de Vodafone.

Se dan un aire, ¿no? Bueno, quizá estoy exagerando. El nombre se parece. En fin... Yo soy así. :-P

El símbolo de «VID-PHŌN» es el mismo que tenía AT&T en 1982 (diseñado por Saul Bass en 1969), ligeramente modificado. El propio Bass lo cambió en 1984, poco después del estreno de la película, algo que los diseñadores del equipo de Ridley Scott no podían adivinar.

El diseño del imagotipo de Vodafone es de Gary Broadbent. Es polémico por otros motivos, pero son tan estúpidos que no merece la pena comentarlos.

sábado, 6 de octubre de 2012

Origen del fantástico (I): La historia de la ficción

Hace unos años compartí con Ignacio Egea un blog llamado «Mesmeria». La descripción del sitio era escueta pero clara, creo yo: Arte Fantástico: Ilustración e imaginación. Era un intento de mostrar algunos ejemplos de la presencia de lo fantástico en el arte a través de su historia. Por desgracia, lleva varios años inactivo. Me gustaría relanzarlo algún día, quizá con más colaboradores; sigo pensando que la idea es estupenda. Pero de momento no puede ser; ¡apenas puedo con «Cavernalia»!

En los comentarios a una entrada de «Mesmeria» surgió este pequeño intercambio de ideas entre Egea y yo:

I. E.: ¿Cuándo nace lo fantástico? ¿Es la misma percepción mágica y simbólica que acompaña a la Humanidad desde su origen, o debemos esperar a que el realismo como género literario, el racionalismo como pensamiento, surjan, para considerar su aparición?

J. M.: Yo creo que el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real, incluyendo el corpus de explicaciones inventadas y juicios erróneos que constituye la sustancia del mito.

En un artículo titulado La historia de la ficción. Niveles de realidad en la obra literaria, que viene muy a cuento, E. L. Doctorow escribe, sobre Ricardo III, lo siguiente:

«Los ricardianos aseguraban que su rey no era la criatura deforme que retrató Shakespeare. Decían que los asesinatos atribuidos a Ricardo —específicamente aquel de sus dos sobrinos encerrados en la Torre— son algo de lo que se carece de pruebas. En cambio, hallaron evidencia de que era un buen rey que gobernó sabiamente. Sin embargo, lo que sea que haya sido Ricardo, y cuán injustamente haya sido mitologizado, es ahora, y ha sido por siglos, el polvo al que todos volveremos, y hay una verdad más alta para la autorreflexión de toda la humanidad en la visión shakespeariana de su vida que el que cualquier conjunto de datos puede proveer».

La principal crítica que puedo hacer a mi afirmación de hace un lustro es esta precisamente: la ficción también puede servir para explicar alegóricamente, a través de la metáfora, la realidad. También la ficción fantástica, por supuesto. Esto, que parece tan evidente, no lo tenía yo tan presente por aquel entonces.

Pero, al margen de eso, releyendo aquel breve diálogo, me he dado cuenta de que no respondí adecuadamente la cuestión que Egea planteaba; contesté un poco a la gallega, planteando en realidad una nueva pregunta: ¿Cuándo llega el hombre a distinguir entre lo fáctico y lo ficticio? Sí, en un momento dado se da cuenta de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad tal como la conoce. Pero, ¿ese instante de claridad tuvo lugar antes de empezar a rechazar el pensamiento mítico, o después?

El hombre comienza a dudar de la validez de los mitos y a buscar explicaciones alternativas con los primeros filósofos, en el siglo VI a.C. Podría especularse que fue entonces cuando nació la narrativa de ficción (y, simultáneamente, la narrativa fantástica, que se nutre de los restos del universo mítico para explicar la realidad de otra manera, esta vez de manera consciente). ¿Pero cómo podemos saberlo?

Doctorow habla de todo esto en su ya citado artículo sobre la historia de la ficción. Hablando de Homero y su Ilíada, escribe:

«Históricamente, existió algo parecido a una guerra de Troya, incluso, de hecho, a varias guerras de Troya, pero la que escribió Homero en el siglo VIII a. C. es la que nos fascina, porque es ficción. Los arqueólogos dudan de que alguna guerra de Troya haya comenzado porque alguien llamado Paris raptara a alguien llamada Helena en las propias narices de su esposo griego, o de que haya habido un gran caballo de madera repleto de soldados que finalmente salieron de él y vencieron. (...)

»Pero a Homero (o el elenco de poetas que escribieron bajo el nombre de Homero) o bien se le dio por la fantasía politeísta o fue el genial adaptador de un sistema de metáforas cosmológicas que nadie —ni Dante ni Shakespeare ni Cervantes— jamás alcanzó a emular en su pura demencia imaginativa. (...)

»¿Pero quién está dispuesto a otorgarle a La Ilíada crédito histórico? La evidencia sugiere que la epopeya homérica fue transmitida de generación en generación, oralmente. Los hechos históricos que se narran provienen de tiempos remotos y se funden con la enceguecedora revelación del bardo.

(...)

Homero era Homero, un bardo a finales de la Edad de Bronce. En la Edad de Bronce, los relatos eran un medio fundamental para recopilar y transmitir conocimiento: eran la memoria pública; preservaban el pasado, instruían a los jóvenes, y creaban una identidad comunal. Así que estábamos preparados para hacer concesiones. Pero las hacemos también con esos otros escritores de aquella era, los escritores y redactores de la Biblia Hebrea. Para ellos, como para Homero, no existía nada semejante a un estilo puramente fáctico; no había una educada observación del mundo natural que no fuera creencia religiosa, ninguna historia que no fuera leyenda, una información práctica que no resonara en lenguaje elevado. Al mundo se lo percibía encantado. (...)».

La cuestión es, como ya he dicho, si en el mundo anterior a la filosofía pudo darse ese extrañamiento autoconsciente que para mí constituye la diferencia entre mito y ficción. Para mí son dos cosas diferentes, y dependen de lo que el narrador creía cierto, de su conciencia de estar inventando, de recurrir a la propia imaginación para introducir deliberadamente un elemento ficticio, incluso fantástico (ni mítico ni factual, aunque pudiera tomarse prestado de uno u otro ámbito) como ingrediente de las historias que narraba, de sus propias fábulas y cuentos.

No podemos saberlo a ciencia cierta, pero creo que no.

Parece razonable suponer que la narrativa de ficción como «producción autoconsciente» (palabras, de nuevo, de Doctorow) surgió con la crítica del mito y el nacimiento de la filosofía (y, primero al margen y luego dentro de la filosofía, de la teoría literaria y, por extensión, de la estética). Es decir, en la Grecia jónica, en algún momento entre el periodo arcaico y el clásico, digamos que entre los siglos VI y V a.C. Un surgimiento anterior, durante el periodo arcaico, habría requerido la capacidad de desvincularse del conocimiento aceptado que otorgaban los mitos, desvinculación que habría conllevado inmediatamente (creo yo) la aparición de la filosofía. ¿Quién sabe?, quizá incluso una cosa llevó a la otra.



No cabe duda de que los cambios económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar en el mundo helénico durante los siglos VII y VI a.C. fueron fundamentales para que la cultura griega se fuera alejando, progresivamente, de sus viejas creencias.

Podemos ver reflejado ese paso en el arte de la época: durante mucho tiempo los escultores esculpieron exclusivamente a los dioses, hasta que, en algún momento, comenzaron a retratar a seres humanos: primero a los muertos; más tarde a los vivos: gobernantes, atletas victoriosos, sabios famosos...

Igualmente, poco a poco, en la literatura se fue volcando el interés de lo divino a lo profano. Hesíodo trató de los dioses en su Teogonía, pero dedicó Los trabajos y los días a la actividad humana cotidiana. Píndaro cantó los triunfos de los competidores en las pruebas deportivas. Arquíloco hizo de su propia persona el tema principal de su poesía.

Pero habría que esperar a la época clásica para que la literatura lograra alcanzar el estatus artístico de disciplinas como la escultura, la arquitectura o la pintura, por no hablar de la consideración de la clase intelectual. Uno de los principales obstáculos para ello fue precisamente la creciente importancia que los griegos fueron otorgando a la verdad (notoriamente ausente en los mitos y la poesía en general). En uno de sus discursos, el gran Pericles llegó a afirmar (según cuenta Tucídides) que Atenas no necesitaba a Homero ni a ningún otro poeta para cantar sus alabanzas; era agradable escuchar sus versos, sí, pero estos no contenían la verdad.

Al principio, esto no había supuesto ningún problema. Los helenos primitivos apreciaban la verdad pero, desgraciadamente, carecían de la disposición psicológica y de las herramientas intelectuales necesarias para discernirla en sus mitos y leyendas. Los primeros poetas, como Homero, creían realmente que los dioses hablaban por sus bocas; afirmaban que las palabras que cantaban provenían de las musas. Es decir, no eran conscientes de estar inventando nada. Pero, con el tiempo, eso fue cambiando.

En un sentido, podría afirmarse que el nacimiento de la ficción se produce en el momento en que los propios poetas comienzan a adquirir cierto sentido crítico y a darse cuenta de que no son puros vehículos de la expresión divina, sino que añaden muchas cosas inventadas. Así ocurrió con los poetas de finales de la época arcaica. «Πολλὰ ψεύδονται ἀοιδοί», afirma Solón: Mucho mienten los aedos. Píndaro reconoce que los mitos contienen «muchas cosas maravillosas» y engañan «adornando con abigarradas mentiras / la fama de los mortales por encima de la verdad». ¹ Hesíodo, por su parte, dice en su Teogonía que, si hay alguna falsedad en la poesía, es porque así lo determinan las musas… como ellas mismas, según dice, se lo han reconocido: «ἴδμεν ψεύδεα πολλὰ λέγειν ἐτύμοισιν ὁμοῖα, / ἴδμεν δ᾽, εὖτ᾽ ἐθέλωμεν, ἀληθέα γηρύσασθαι» (sabemos decir muchas mentiras que parecen ciertas / y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad).

Faltaba, sin embargo, que los autores fuesen conscientes de ser la fuente original de tales ficciones. Y eso ni siquiera el sabio Solón se atrevía a afirmarlo. Todavía los poetas, aunque conscientes ya de las exageraciones, hechos inverosímiles y falsedades que plagan la poesía —a diferencia de Homero, que creía realmente en lo que cantaba—, atribuyen su origen a las musas o a otros dioses. Hasta el dionisíaco Arquíloco, rebelde y orgulloso como era, trasladaba todo el mérito de sus ditirambos al vino que trasegaba antes de entonarlos.

El hombre no conoce aún el concepto de “imaginación”; no es consciente de ser él mismo el productor de esas ficciones. El pensamiento mítico sigue dominando la narrativa; hay falsedad en ella, pero es porque las divinas musas así lo han decidido. Que estos primeros críticos reconocieran en la poesía narrativa de su tiempo la presencia de elementos ficticios no basta, pues, para considerarla como ficción en sí misma, tal como yo la entiendo: el resultado de un acto creativo deliberado.

(Continuará.)


¹ «ἦ θαυματὰ πολλά, καί πού τι καὶ βροτῶν / φάτιν ὑπὲρ τὸν ἀλαθῆ λόγον / δεδαιδαλμένοι ψεύδεσι ποικίλοις / ἐξαπατῶντι μῦθοι. / Χάρις δ', ἅπερ ἅπαντα τεύχει τὰ μείλιχα θνατοῖς, / ἐπιφέροισα τιμὰν καὶ ἄπιστον ἐμήσατο πιστὸν / ἔμμεναι τὸ πολλάκις». Πίνδαρος, Ολυμπιόνικοι, 1 28.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Harry Harrison, 1925-2012

Hoy tengo que lamentar el fallecimiento del gran Harry Harrison, dibujante y guionista de cómics en los años cincuenta para EC, y uno de los más versátiles escritores de ciencia ficción del siglo pasado, autor de novelas como ¡Hagan sitio, hagan sitio! —llevada al cine como Soylent Green (Cuando el destino nos alcance) en 1973, con Charlton Heston— y cuentos como Las calles de Ascalón, además de una profusión de obras de aventuras espaciales (La Rata de Acero Inoxidable) y de CF humorística (Bill, héroe galáctico).

Harry Harrison era el principal pseudónimo de Henry Maxwell Dempsey, nombre bajo el cual se pueden encontrar obras suyas en el proyecto Gutenberg, como su cuento Toy Shop (Analog, 1962). Premiado por la SFWA con el título de Grand Master en 2009, nunca ganó un Hugo, pero se tiró más de 60 años escribiendo cientos de historias estupendas, muchas de las cuales habrían merecido sobradamente el premio.

Tras la noticia del fallecimiento de Joe Kubert el día 12, la muerte de Harrison ha sido el colmo de la desgracia para el mundillo del fantástico esta semana. Harrison era una de esas personas que siempre he querido conocer, y ya no podrá ser.

Es un consuelo, al menos, saber que no acabará convertido en galletitas de color verde.

[Edito unos días después, 22 de agosto: Vaya racha. Primero el bueno de Harrison, luego el dibujante Joe Kubert, más tarde el director Tony Scott (¡tirándose de un puente!, tremendo) y ayer me entero de la muerte del dibujante italiano Sergio Toppi, uno de mis favoritos. Que la tierra les sea leve a todos.]

Enlaces: Obituario de Douglas Martin en The New York Times.

jueves, 5 de julio de 2012

Candidatos a los Premios Ignotus 2012 (XXX HispaCon)


Ricardo Manzanaro ha publicado en el Facebook de Pórtico (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) la lista de candidaturas al premio Ignotus (equivalente español del Hugo) en sus diferentes categorías. Los socios de la AEFCFT pueden empezar a votar ya (en cuanto reciban las papeletas); los aficionados que no sean socios de Pórtico podrán hacerlo presencialmente durante la XXX edición de la HispaCon que este año tendrá lugar en Urnieta, Guipúzcoa, del 12 al 14 de octubre.

Entre los candidatos, dos cántabros miembros de la TerSa, Marc R. Soto e Ignacio Illarregui. Marc está “exiliado” en Madrid y Nacho se va a EEUU dentro de nada, pero da igual; aunque se vayan a otra ciudad, otro país u otro planeta, ¡los que han sido de la TerSa son y seguirán siendo de la TerSa!, menos los que deban dinero o hayamos echado por plastas, claro. :-P Bueno, al lío:


Mejor novela:
  • Cuerpos descosidos, de Javier Quevedo Puchal (NGCficción!)
  • Diástole, de Emilio Bueso (Salto de Página)
  • El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun (Salto de página)
  • Fieramente Humano, de Rodolfo Martínez (NGCficción!)
  • La ciudad enmascarada, de Rafael Marín (Grupo AJEC)

Mejor novela corta:
  • Asesinato en el club nudista, de Roberto Malo (Nalvay Ediciones)
  • El largo camino al mar, de Domingo Santos (Crónicas de la Tierra y el Espacio – Juan José Aroz Editor)
  • La textura de tu piel, de David Jasso (Abismos - Grupo AJEC)
  • Largas noches de lluvia, de Marc Rodríguez Soto (Largas noches de lluvia – Viaje a Bizancio Ediciones)
  • Oniromante, de Víctor Conde (Scylabooks)

Mejor cuento:
  • Casa ocupada, de José Ignacio Becerril Polo (El monstruo en mí – Saco de Huesos)
  • El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins (El círculo de Krisky – Grupo AJEC)
  • El huevo, de David Jasso (Abismos – Grupo AJEC)
  • Mytolític, de Sergio Mars (Catarsi 6)
  • Señor del Moncayo, de Fermín Moreno (Nuevas Leyendas Aragonesas – Mira Editores)

Mejor antología:
  • Abismos, de David Jasso (Grupo AJEC)
  • Crónicas de la Tierra y el Espacio, de Domingo Santos (Juan José Aroz Editor)
  • El monstruo en mí, de José Ignacio Becerril Polo (Saco de Huesos)
  • Nuevas Leyendas Aragonesas, de VV. AA. (Mira Editores)
  • Recuerdos de la vieja Tierra, de José Manuel González (Grupo AJEC)

Mejor libro de ensayo:
  • Blade Runner. Lo que Deckard no sabía, de Jesús Alonso Burgos (Akal)
  • James Whale. El padre de Frankenstein, de Juan Andrés Pedrero Santos (Calamar Ediciones)
  • The Twilight Zone, de VV. AA. (SciFiWorld - Sitges)
  • Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, de David Roas (Páginas de espuma)

Mejor artículo:

Mejor ilustración:
  • Crónicas de la Tierra y del Espacio, de Koldo Campo (Juan José Aroz Editor)
  • Cuerpos descosidos, de Felideus (NGCficción!)
  • Los horrores del escalpelo, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)
  • Las graves planicies, de Calderón Studio (Grupo AJEC)
  • Noches de sal, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)

Producción audiovisual:
  • Crónicas desde Sepelaci, de Víctor Alós (podcast)
  • Eva, de Kike Maillo (cine)
  • Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo (cine)

Mejor tebeo:
  • Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Bang!)
  • El héroe, de David Rubin (Astiberri)
  • Las aventuras del Doctor Brande, de Víctor Aguado (La Biblioteca del Laberinto)
  • La muchacha salvaje, de Mireia Pérez (Sins Entido)
  • La protectora, de Keko (De Ponent)

Mejor obra poética:
  • El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo (Alfaguara)
  • Histerias minúsculas, de Víctor Miguel Gallardo Barragán (Alea Blanca)
  • Porno Ficción, de Diego Doncel (DVD Ediciones)
  • Un extenso poemario sobre la Yihad (Dune), de J. Javier Arnau (Alfa Eridiani 13)

Mejor revista:
  • Calabazas en el trastero (Saco de Huesos Ediciones)
  • Catarsi (Ter Cat)
  • Delirio (La biblioteca del laberinto)
  • Planetas Prohibidos
  • SciFi World (SciFi World)

Mejor novela extranjera:
  • 1Q84, de Haruki Murakami (Tusquets)
  • Accelerando, de Charles Stross (Bibliopólis)
  • Criopólis, Lois McMaster Bujold (Ediciones B)
  • El sueño del androide, John Scalzi (Minotauro)
  • La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi (Plaza & Janés)

Mejor cuento extranjero:
  • El bolso de las fadas, de Kelly Link (Magia para lectores – Seix Barral)
  • La carretera de los cráneos, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)
  • Una chica muy especial, de Mike Resnick (Zombimaquia, Antología Z, volumen 4 - Dolmen Editorial)
  • Última generación, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)

Mejor sitio web:

miércoles, 4 de julio de 2012

Manga: La RAE recula ante la avalancha de justas críticas a su última cagada lexicográfica

manga³.

(Del jap. manga).

  1. m. Cómic de origen japonés.

  2. m. Género correspondiente al manga.

  3. adj. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Sigue siendo cutre (la segunda acepción es claramente inadecuada, aparte de resultar un tanto oscura), pero al menos se ha corregido la indignante chapuza anterior. Desde luego, la lexicografía no pasa por su mejor momento en la RAE. Una pena.

lunes, 25 de junio de 2012

Vaya churro, señores

manga³.

(Del jap. manga).

  1. m. Género de cómic de origen japonés, de dibujos sencillos, en el que predominan los argumentos eróticos, violentos y fantásticos.

  2. adj. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


PFFT × 10 = PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT

viernes, 22 de junio de 2012

¡Por fin!

friki.

(Del ingl. freaky).

  1. adj. coloq. Extravagante, raro o excéntrico.

  2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante.

  3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

lunes, 18 de junio de 2012

Transhumanidad y posthumanidad en la CF (VI)


Verne

Podría verificarse a través de muchos otros ejemplos que Julio Verne ha sido, como pretende Pierre Louys, un «revolucionario subterráneo»; pero entonces, cómo no recordar de inmediato al prefacio que Nietzsche escribió en 1886 para la edición de Aurora: «En este libro se encontrará un hombre “subterráneo”, un hombre que perfora, roe y cava». Y la hipótesis se verá justificada cuando, un poco más adelante, Nietzsche, empleando términos que recuerdan los de Fierre Louys, habla de su “inflexibilidad” y de «cosas que, siéndole propias, están escondidas y resultan enigmáticas». Ahora bien, desde el momento en que se formula la pregunta: «¿Julio Verne, Nietzsche?», se ven de inmediato surgir toda clase de coincidencias, correlaciones y aun de influencias directas.

Marcel Moré, «Un revolucionario subterráneo», en Cahier de L’Arc 29, 1966, número especial dedicado a Jules Verne, traducción de Noe Jitrik (Verne: un revolucionario subterráneo, Paidós, Buenos Aires, 1968).




En lo relativo al tema que nos ocupa, es especialmente llamativo, por su escasez, el caso de Jules Verne (1828-1905). Llama la atención que al escritor de Nantes, tan preocupado por el futuro, apenas le diera por especular con la evolución futura, tanto física como mental, de nuestra especie. En su vasta obra no se atisba gran cosa sobre el asunto.

Por otra parte, hay un problema importante: los escasos indicios del interés de Verne por estas cuestiones se hallan en obras póstumas que, casi siempre, sufrieron alteraciones importantes por mano de su hijo Michel. En realidad, hay varias obras atribuidas a Jules Verne de las que no se sabe realmente si son suyas o de su hijo, y si son de ambos no se conoce a ciencia cierta qué es de quién. Un inconveniente bastante serio.

Lamentablemente, la obra que presenta el tema de la posthumanidad con más claridad es también una de las de autoría más dudosa. Me refiero al relato «Edom», inédito hasta 1991, que sirvió de base para la póstuma «El eterno Adán» (1910). Al parecer, de «Edom» existen tres versiones, de las cuales se ha publicado una. Pero los herederos guardan los manuscritos bajo siete llaves, lo que impide profundizar en la investigación.

Me limitaré, pues, a señalar asuntos que Jules Verne trató efectivamente y que atañen al tema en cuestión, y dejaré los comentarios sobre obras de autoría dudosa, como «Edom», para después.


A pesar de lo que algunas de sus novelas más conocidas puedan dar a entender, el autor francés no era realmente muy optimista sobre el destino de la humanidad y sus logros futuros, ni el apóstol de la tecnología que muchos, aún hoy, ven en él. En el fondo, era todo lo contrario.

Durante años, Verne se limitó a seguir la corriente a su editor, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), dejándose guiar por él en su carrera. Para Hetzel era importante no importunar al público con historias pesimistas; había que alimentar las ilusiones del público, no destrozarlas con ominosas visiones del futuro. Pero a los 58 años, con la muerte del editor, Verne quedó liberado de su tutela y empezó a trabajar con más libertad, mostrando a menudo cierta desesperanza por el destino de la humanidad.

Durante décadas se pensó que este pesimismo de Verne había sido fruto del desencanto típico de la madurez, acentuado quizá por algún problema personal; una desilusión creciente que llegaría a convertirse en depresión en sus últimos años.¹ Pero en 1989 se produjo un descubrimiento que aniquilaría esa noción, situando su desconfianza hacia la humanidad y sus temores sobre la evolución de la cultura en los mismísimos inicios de su carrera literaria. Me refiero a su novela «París en el siglo XX» (1863), que un bisnieto de Verne halló dentro de una caja fuerte de la familia, y que había permanecido inédita desde que Hetzel la rechazara.


El futuro, aplazado

En «París en el siglo XX», Verne contradice el mensaje, tan repetido en aquella época, de que el progreso tecnológico conduciría a la humanidad a una edad dorada. En cambio, nos presenta cómo falsos progresos pueden conducirnos a graves retrocesos. ¡Y esto en 1863, recién comenzada su carrera! Recordemos que el primero de sus «Viajes extraordinarios», «Cinco semanas en globo», es de ese mismo año.

Se ha especulado con que los optimistas ideales de Pierre-Jules Hetzel, que veía en la educación la vía para un futuro mejor para la humanidad, fueron los que, en realidad, le llevaron a impedir la publicación de esta obra, opuesta a sus convicciones personales y a los principios de la Revolución Industrial que entonces estaban en boga.

En la carta de rechazo no mencionó nada de esto, desde luego. Venía a decirle que la obra era demasiado ambiciosa para el punto en que se encontraba su carrera literaria, restaba mérito al trabajo de Verne (con palabras, a decir verdad, bastante duras) y le recomendaba dejarlo en barbecho e intentarlo veinte años después, cuando estuviera más maduro… Pero, por desgracia, la cosa se fue alargando y, al final, la novela no se publicó hasta más de un siglo después, en 1994. Una verdadera lástima, en mi opinión.


Caballeros extraordinarios

En muchas de las novelas de Verne, el ser humano es el rey de la naturaleza, el animal perfecto. A pesar de las diferencias raciales, en la mentalidad burguesa de la época no entraba que el hombre pudiera cambiar de tal modo que dejara de ser humano. Habría sido una especie de blasfemia antiliberal; la creencia de que los seres humanos son iguales por naturaleza es la base misma de la democracia moderna. La humanidad era, para aquellos hombres, imbuidos de positivismo, algo sagrado. Y Verne, hombre de su tiempo, respetaba generalmente esas nociones.

Por ejemplo, los arborícolas de «El pueblo aéreo» (1901) son diferentes de los europeos, están adaptados a vivir entre las copas de los árboles, pero son totalmente humanos. Lo mismo puede decirse, y se dice explícitamente, de la gente subterránea de «Viaje al centro de la Tierra» (1864), donde habitan numerosas razas, incluyendo una especie de “titanes”.²

Puede que no entrara en sus cabales la idea de que la humanidad mutara de tal modo que dejara de ser propiamente humana, pero aún menos lugar tenía en su fantasía la posibilidad de que pudiera mejorar de alguna manera lo presente.

Con frecuencia, en la ficción (y, lamentablemente, también en la realidad) el concepto de superhombre es utilizado, a favor y en contra (con no poca torpeza, en el caso del superhombre nietzscheano) para apoyar o rechazar la supremacía de una “raza superior”, algo a lo que no ha sido ajena la ciencia ficción. Aparentemente, Jules Verne no aceptaba que se pudiera calificar a ninguna raza de “subhumana” y tampoco entraba en sus esquemas mentales lo contrario, pero era muy consciente de que la idea estaba en el ambiente.

Algo de eso podemos ver en «Los quinientos millones de la Begun» (1879), en la que un malvado racista alemán pretende conquistar el mundo para la raza germana mediante la ciencia, prefigurando un tema clásico del género que atañe directamente a la transhumanidad: el abuso de la tecnología (que en malas manos o aplicada a fines equivocados puede ser terriblemente dañina). Si el Dr. Sarrasin y el Dr. Schultze fueran mutantes, serían el Profesor X y Magneto; el utopista y el belicista.

En esto Verne se parece un poco a Francis Fukuyama, que, como recordaremos, alerta en «El fin del hombre» (y en varios artículos también) sobre los peligros de cualquier intento de forzar la máquina de la evolución y alterar la naturaleza humana.


Los doctores Sarrasin y Schulze son dos buenos ejemplos de “sabios locos”, una figura heroica (en el sentido antiguo de persona capaz de extraordinarias hazañas), típica de la literatura del siglo XIX, a la que Verne recurrió reiteradamente, y que tiene sus orígenes remotos en los filósofos de la antigüedad (especialmente en Thales de Mileto, Pitágoras de Samos y Arquímedes de Siracusa), en los magos y hechiceros de las leyendas, como Merlín, y en renombrados alquimistas de distintas épocas como Flamel o Cornelius Agrippa,³ inspirador del joven Victor en «Frankenstein», un clásico del género que prefigura la nueva forma del arquetipo (el “científico loco”) al que aportó sus rasgos psicológicos más característicos.

En Victor Frankenstein veíamos cómo el joven alquimista se convertía en científico (transición que tuvo lugar realmente en muchos científicos de épocas anteriores, siendo más que notable el caso de Isaac Newton). Los sabios de Verne han abandonado ya todo misticismo, no hay rastro de metafísica en sus artes; son científicos modernos, versados no en la tradición y la superstición, sino en el más riguroso y eficaz método científico. Pero por lo demás siguen fielmente el arquetipo heroico del sabio loco: Pueden ser de naturaleza benigna o malvada, pero de cualquier modo la moral convencional no va mucho con ellos; son bastante rebeldes, independientes. Tienen personalidades obsesivas; su tarea es lo más importante, a costa de lo que sea y caiga quien caiga. Son tan ambiciosos como irresponsables. Etcétera.

Una de las obsesiones clásicas del sabio loco es la creación de vida, a poder ser humanoide y, si es posible, inteligente, es decir, “a su imagen y semejanza”. De ahí la profusión de criaturas humanoides, androides, gólems, Inteligencias Artificiales y demás constructos pseudohumanos o posthumanos tan típicos de la ciencia ficción. El sabio loco, en el fondo, se cree Dios, y quiere hacer lo que Dios hace. En las obras de Verne, esto cambia. Sus obsesiones no tienen esa raíz religiosa; los sabios de Verne son hijos de la revolución francesa, adoradores de la Razón. No se consideran a sí mismos superhombres; son, sí, raros, extraños, escasos, caballeros extraordinarios, pero no se creen dioses. Su megalomanía es más de andar por casa.





¹ Ghislain de Diesbach, por ejemplo, sostuvo esta creencia en «Le Tour de Jules Verne en quatre-vingts libres» (1969), atribuyendo su pesimismo a “un drama misterioso” que habría “golpeado su vida íntima”, supuestamente la muerte de Hetzel.

² …Y de la humanidad del futuro en el relato «Edom», que Michel Verne ampliaría en la póstuma «El eterno Adán» (1910). Más adelante hablaremos de ello.

³ Recordemos que una de las obsesiones de la alquimia era la de crear vida, muchas veces en la forma de “homúnculos”, criaturas humanoides de tamaño reducido. Paracelso (1493-1541) afirmaba haber creado un homúnculo de un pie de altura, capaz de crecer y desarrollar inteligencia, pero había que educarlo con sumo cuidado o se volvería contra su creador y huiría. ¿Os suena?


Homo excelsior
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (I)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (II)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (III)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (IV)
Sobre «Transhumanidad y posthumanidad en la CF»
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (V)
Humanidad y posthumanidad (una aclaración)

viernes, 15 de junio de 2012

Humanidad y posthumanidad (una aclaración)


¿Es la Criatura del doctor Frankenstein un ser humano reformado quirúrgicamente a partir de órganos humanos y devuelto a la vida por la ciencia médica, o es otra cosa?

En otras palabras: el posthumano, ¿es aún humano?, ¿ha dejado ya de serlo, o qué?


En el centro de toda la polémica transhumanista sobre la posthumanidad yace esta simple cuestión: ¿Qué es la humanidad? Pero no hay una sola respuesta.

Enseguida, al examinar el asunto desde una perspectiva antropológica (el primer paso a dar, según yo lo entiendo), surgen las primeras complicaciones. Por una parte, tenemos la humanidad como pertenencia a un género animal, Homo. Por otra parte, tenemos la humanidad como pertenencia a una especie animal concreta, Homo sapiens sapiens. Cuando uno se centra en esta segunda acepción, tiende a olvidarse de la primera y aparecen las confusiones: Si humanidad es pertenencia a la especie Homo sapiens sapiens, entonces, ¿acaso el Homo erectus no era humano? Para los antropólogos, que tienen en cuenta la primera acepción (al menos, la mayoría de ellos), los individuos pertenecientes a la especie Homo erectus eran humanos. Si la especie Homo sapiens sapiens es humana es, lógicamente, porque pertenece al género Homo. Pero el caso es que, actualmente, la especie Homo sapiens sapiens es la única especie humana existente; las otras están extintas, así que es fácil caer en el error de concebir la humanidad exclusivamente como pertenencia a esta especie.

Es un error muy extendido. En realidad es un error lógico, es decir, un sofisma, resultado de una premisa falsa. Sin meternos en temas de lógica cuantificacional, es fácil ver el fallo a que puede dar lugar esa premisa. Veamos… Aquí llega Aristóteles para echarnos una mano con el resumen del problema:

Todos los humanos son Homo sapiens sapiens

¡Alto! Bueno, sí, actualmente eso es verdad. Pero no siempre lo ha sido, y eso es algo que nos conviene recordar.

Una especie que evolucione a partir de la nuestra, por anagénesis o por el mecanismo de especiación que sea, no será ya Homo sapiens sapiens, pero seguirá perteneciendo al mismo género y, por tanto, será humana.

Entonces, ¿a qué nos referimos con la palabra “posthumano”? ¿Tiene algún sentido referirnos a una nueva especie humana como posthumana? Desde el punto de vista antropológico, aparentemente no. Sin embargo…

Hay dos problemas principales, derivados de lo que los filósofos llaman “la naturaleza humana”, pero se pueden resumir en uno: la gente no se lo traga, se empecina en caer en el error.

En nuestra arrogancia, nos creemos prácticamente el colmo de la evolución, la etapa final. Homo sapiens sapiens, nuestra especie, es la única superviviente del género humano. Somos el humano definitivo, o eso creen muchos (posiblemente, la mayoría). Y, francamente, la antropología les da igual; no sólo somos humanos, somos los humanos, los de verdad; los otros eran sólo versiones beta. La humanidad que cuenta es la nuestra. Lo que venga después tendrá que buscarse su propia denominación; nadie nos va a “robar” lo que somos.

Para otros, por el contrario, ser humano no es gran cosa. Hay, incluso, quien se avergüenza de ello. Hemos manchado tanto el nombre de la humanidad con nuestros “pecados” que los seres del futuro no querrán tener nada que ver con ella. En su deseo de dejarnos atrás, de superarnos, renegarán de su pasado (como algunas personas, de hecho, reniegan ya de su presente). Nuestros sustitutos en la senda de la evolución, dicen, deberían ser mejores que nosotros, más que humanos.

Hay justificaciones para todos los gustos, pero al final, para todos los que, en el fondo, no acaban de asimilar que las personas pueden ser diferentes a nosotros sin dejar de ser humanas, la necesidad de encontrar un término para nuestros sucesores resulta imperiosa. De ahí la acuñación de esta palabra, “posthumanidad” (básicamente, lo que viene después de nosotros), que al final ha acabado abarcando un montón de conceptos.


Para aclararnos un poco, basta ver qué tenemos hoy los humanos y qué nos falta. Tenemos, por lo general, cinco dedos en cada mano. Pero podemos tener seis y no por eso dejamos de ser humanos, ¿no? Sobre esto hay un extendido consenso. La amputación de un miembro no nos hace menos humanos tampoco, ¿verdad? Verdad, acordaremos la mayoría. Los humanos tenemos inteligencia, pero a una persona con inteligencia reducida no dejamos de considerarla humana, ¿a que no? Pues no.

Sin embargo, siempre habrá quien ponga pegas.

Siempre hay una minoría que cree que humanos son sólo ellos y los que son como ellos. Con cinco dedos en cada mano y pie, por supuesto. Pero para cierto tipo de gente, eso no basta. Al fin y al cabo, también los simios tienen cinco dedos en cada mano y pie. El problema es que esas minorías siempre llevan los hechos diferenciales al extremo de considerarse humanos ellos solos. Así, para algunos, los humanos deben ser también altos, rubios y de piel blanquecina, por ejemplo. Para este tipo de minorías excluyentes, un mutante con seis dedos en cada mano se convierte automáticamente en un “fenómeno” o un “monstruo”. Y el Homo erectus, con sus cinco dedos en manos y pies, pero algo corto de entendederas, en un ser “subhumano”. Es el peligro de la estandarización. ¿Quiénes somos para definir qué es ser humano y qué no? ¡Eso es puro nazismo!

No es lo que tenemos (y otros no) lo que nos iguala como especie, sino lo que ninguno tenemos, lo que nunca hemos tenido. Ninguno tenemos agallas para respirar bajo el agua. Ninguno tenemos la capacidad de izar una roca de una tonelada sobre nuestras cabezas por nosotros mismos. Así que fabricamos herramientas, escafandras y grúas, que cualquiera con la adecuada formación puede utilizar.

Ahora bien, ¿y si unos lograran adquirir esas capacidades, sin necesidad de usar herramientas para respirar bajo el agua o levantar una tonelada? “Posthumanos”, “metahumanos”… Da igual. No dejan de ser simples etiquetas.

En el momento que un ser humano adquiere una capacidad física hasta entonces inexistente en la especie, la incorpora a la humanidad; no se excluye él de la especie, sino que la especie adquiere un rasgo nuevo. Esta es mi manera de verlo, al menos. Pero las etiquetas tienen su utilidad. Porque, claramente, hay una línea de separación entre el hombre que no era capaz de modificarse a sí mismo, dotándose de capacidades nuevas o superiores por medio de la tecnología, y el que sí. El hombre natural y el adulterado (es decir, en mayor o menor medida, artificial). Al hombre fruto de ese cambio, de esa tecnología, lo llamo posthumano. Por convención. Podría llamarlo de otra manera; “neohumano”, “Homo sapiens novus”, por ejemplo. ¿Pero para qué, si ya existe ese otro término sobre el que ya hay tanto consenso?


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jueves, 14 de junio de 2012

El que avisa no es traidor: Bookcrossing de «Danza de dragones»


Santander ha sido una de las ciudades elegidas para liberar unos cuantos ejemplares de la nueva entrega novelística de la saga «Canción de Hielo y Fuego» de George R. R. Martin, «Danza de dragones» (en una edición especial para la campaña promocional de Gigamesh). En www.danzadedragones.com podréis encontrar pistas para encontrarlos, así como en Twitter (con el hashtag #cazaDdD) y en Facebook. Esta actividad, una variedad de BookCrossing sui generis, se llevará a cabo también en A Coruña, Barcelona, Gijón, Madrid, Sevilla, Valencia y Vitoria. Será el próximo domingo, 17 de junio. ¡Estad atentos!

miércoles, 13 de junio de 2012

www.danzadedragones.com

La campaña de lanzamiento de Gigamesh para la nueva entrega novelística de la saga Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin, «Danza de dragones», está resultando muy interesante. Os aconsejo que os registréis y probéis suerte en las actividades de la web. ¡Ánimo y a divertirse! ¡Hay premios!

martes, 12 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (V): «Hombre contra mundo»


A pesar de las apariencias externas, esto no es una novela de Isaac Asimov; ni siquiera es una antología de cuentos de Asimov. Se le atribuye el libro en la cubierta (bueno, se atribuye a un tal Isaac A. Asimov; la inicial del medio se la sacaron de la manga, claro) pero no es más que una triquiñuela comercial para engañar al comprador impulsivo. O sea, otro timo.

Ya sabemos que Vértice no destacaba precisamente por su ética profesional y comercial (ver el caso de «Navío estelar» en esta misma colección). Esto ya no roza la estafa; es que lo es. Se trata de un engaño deliberado.

Para más INRI, el verdadero protagonismo del libro, en este caso, corresponde sin lugar a dudas a Theodore Sturgeon, otro cuentista clásico del género (aunque, evidentemente, mucho menos conocido y aún menos en esa época, a mediados de los años sesenta) que aporta nada menos que tres de los cinco relatos que forman el volumen. Sin embargo, en ninguna parte se menciona a otro autor que no sea Isaac Asimov. Sin duda estas omisiones no tenían otra intención que la de engañar a lectores incautos, con la fama de Asimov como gancho para perpetrar el fraude.

Para los incautos que lo compraron creyendo que se llevaban una nueva antología de Isaac Asimov, una burla monumental. Casi me imagino a los responsables riéndose como hienas mientras pergeñaban su alevosa trampa.

lunes, 11 de junio de 2012

Mi «Top Five» de relatos, cuentos largos, «novelettes»... de ciencia ficción

El otro día, sábado 9 de junio, fue el cumpleaños de Joe Haldeman (autor del clásico de la ciencia ficción «La guerra interminable») y me acordé de la conversación que tuve la suerte de tener con él en Gijón hace unos años, durante la Semana Negra. Hablamos un rato de su amigo Jack Williamson, que entonces era el decano indiscutido de la ciencia ficción norteamericana, ya que yo iba disfrazado de un personaje suyo (estábamos en una fiesta de disfraces y, ¡sorpresa!, soy un friki y a veces me disfrazo de legionario del espacio y cosas así). De Jack Williamson es uno de mis relatos favoritos de ciencia ficción: «De brazos cruzados» (1948), del que también hablamos un rato.

Pensando en lo bueno que es «De brazos cruzados», se me ha ocurrido hacer un Top Five de cuentos largos de ciencia ficción, lo que los anglosajones llaman novelettes. Es un formato al que no estoy muy habituado, pero creo que después de los novelones que me he tragado últimamente, es hora de cambiar.

Tengo cientos de relatos en casa sin leer, a montones. Los evité durante años, deliberadamente, esperando que algún día llegaría a cansarme de leer novelas-río y sagas interminables. Hice bien, porque gracias a eso dispongo de material de sobra para contentar mi afición sin empacharme, hasta que vuelva a apetecerme leerme un tocho gordo.

En general, el formato al que me refiero es el americano novelette, entre 7500 y 17500 palabras. Según el “método Edu” (de Eduardo Vaquerizo, que fue quien me lo enseñó), para «De brazos cruzados» me salen unas 15.000 palabras. Es fácil calcularlo; sólo hay que multiplicar el número de páginas del libro que ocupa el relato por 300. Para hacerse una idea va bastante bien.

Aunque «De brazos cruzados» me encanta, mi relato favorito de ciencia ficción en este formato es «El fantasma de Kansas», de John Varley, que tiene unas 40 páginas, o sea, unas 12.000 palabras. Es sencillamente genial. Todavía hoy en día pienso que Varley es el mejor cuentista que ha dado el género.

Los otros tres relatos son estos:

«Segunda variedad», de Philip K. Dick.
«La polilla lunar», de Jack Vance.
«Los reyes de la arena», de George R. R. Martin.

Debo aclarar que es mi Top Five. Ya he dicho que en los últimos años apenas he prestado atención a este formato, así que no me extrañaría encontrar varios igual de buenos en los próximos meses. No digo que estos cinco sean los mejores, pero sí, probablemente, los que más me han impactado (y, sin duda, los que recuerdo mejor).

Se me ocurren más relatos estupendos, como «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison, pero no se ajustan a las medidas estándar referidas arriba. Además, en varios casos, creo que si los leyera hoy no me gustarían tanto como hace veinte años. Por ejemplo, «La ciudad-máquina», de Walter M. Miller, Jr., que sí se ajusta al formato y me maravilló en su momento, no sé si habrá envejecido muy bien (ni me atrevo a comprobarlo). Por otra parte, algunos los tengo demasiado recientes para verlos con perspectiva, como los de Greg Egan o Ted Chiang que he leído en los últimos años (la abstinencia no ha sido total).

En próximas entradas hablaré un poco de cada cuento, y espero comentar muchos más este verano. De momento, os animo a soltarme vuestro Top Five de cuentos largos en los comentarios o en vuestros blogs. El mío, por ahora, queda así:

  1. «El fantasma de Kansas», de John Varley (1976).
  2. «De brazos cruzados», de Jack Williamson (1948).
  3. «Segunda variedad», de Philip K. Dick (1953).
  4. «La polilla lunar», de Jack Vance (1961).
  5. «Los reyes de la arena», de George R. R. Martin (1979).

Como veis, ninguno tiene menos de 30 años. Menudo carcamal estoy hecho. :-D


domingo, 10 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (IV): «Tres×infinito»

Otra vileza editorial de Vértice. Esta “edición”, de tan infame y torpe, llega a indignar. Se trata del noveno volumen de la colección Galaxia. En su cubierta podemos leer: «Tres-X INFINITO». Y, debajo, «Ray Bradbury». Una mentira y media.

Para empezar, el título debía ser (supuestamente) «Tres×infinito», pero el diseñador confundió el signo de multiplicar con una X. De ahí ese estúpido “TRES-X INFINITO” de la primera de cubierta.

En este volumen se incluye una novela corta escrita a medias por Ray Bradbury y Leigh Brackett. La primera en la frente: la responsabilidad de Brackett, que cuando el cuento apareció en EEUU tenía, de hecho, más prestigio e importancia como autora que el joven Bradbury (a mediados de los años 40, Ray estaba en los comienzos de su carrera literaria) se omite absolutamente.

Además, el editor completa el volumen (hay que aprovechar el papel) con un relato de Edmond Hamilton.

El problema es que los títulos que figuran en el volumen («Tres×infinito» y «Hacia las estrellas» respectivamente) no se corresponden con los relatos que aparecen en realidad en el mismo, que son «Lorelei of the Red Mist» y «Mundo olvidado» («Forgotten World»). Y es que el editor, inexplicablemente, les puso los títulos de sendas antologías de Leo Margulies, de donde había extraído cada uno de ellos.

WTF? De verdad que no lo entiendo. :-)))) Es una auténtica locura.

Para más INRI, en la cuarta de cubierta, dicen: «TRES POR INFINITO, que presentamos hoy bajo nuestro sello, es la obra de Ray Bradbury que más ediciones ha hecho en EE. UU.» ¡Una mentira de proporciones jupiterinas, con toda la cara! Qué tíos...

En fin, valga esta pequeña crónica de cómo los bellacos de Vértice arrastraron el nombre de Ray Bradbury por el fango editorial español, con esta abyecta chapuza en forma de libro, como homenaje cavernario a su figura. Como ya sabréis todos, el autor de novelas como «Fahrenheit 451» y antologías memorables como «El hombre ilustrado», «Las doradas manzanas del Sol», «Crónicas marcianas», «Cuentos espaciales» y muchas más, guionista de cine y televisión, y uno de los últimos autores de la Edad de oro del género que nos quedaban, falleció el pasado martes, 5 de junio, a los 91 años de edad. Requiescat In Pace.

sábado, 9 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (III): «Navío estelar»


Hoy, en nuestra serie dedicada a las tropelías editoriales cometidas por Vértice en su colección Galaxia, nos ocupamos de «Navío estelar», número 17 de la misma, editado en 1964.

Ejemplo perfecto de las estafas que algunas editoriales de los años 60 se empeñaban en perpetrar sobre sus clientes lectores, este volumen tiene dos menciones de responsabilidad referentes a su autoría, una en el lomo (Brian Aldiss, autor de una conocida novela de título similar) y otra en la portada (Lloyd Baxter), ambas falsas; también son falsas las menciones relativas a la traducción y la edición original.

A ver, imaginemos por un momento: Eres un traductor mediocre que trabaja a destajo para una editorial cutre en la España de los años 60. El jefe te encarga que escribas una novela de aventuras espaciales para llenar un hueco en su colección de ciencia ficción. Como es habitual, es publicada bajo seudónimo. Hasta aquí, bien. Lo malo viene luego.

Lo malo es que tu jefe la publique con el título «Navío estelar» y se la atribuya a Brian Aldiss en el lomo del libro. La sorpresa para el lector viene al ver, enseguida, en la portada, que es de un tal Lloyd Baxter. ¿No era de Aldiss? Pues no. Es de un tal Lloyd Baxter. Que no existe, claro; es el seudónimo del que hablábamos antes. El verdadero autor es Fernando Manuel Sesén. Pero eso el lector no lo sabe.

Luego, para “redondear” la cosa, tu jefe se inventa un original americano (una supuesta «Starship» publicada supuestamente seis años atrás), y pone como supuesto traductor al auténtico autor, o sea, tú. Sí, el currito del que hablaba al principio. No vaya a pensar el lector que tiene en las manos otra cosa que no sea auténtica ciencia ficción anglosajona.

Y a facturar.

Esto pasa hoy y seguro que aparecemos unos cuantos frikis con antorchas para quemar la editorial.

viernes, 8 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (II): «Mundo futuro»

Seguimos con nuestro repaso al historial de engaños, triquiñuelas y comportamientos poco éticos de la editorial Vértice en su colección Galaxia, que llegó a una de sus cumbres con esta barrabasada en toda regla con la que, una vez más, trataron de timar a los lectores.

¿Veis la portada de este libro? Es la cara que se le quedó a Robert L. Fanthorpe, autor de la novela que le da título, al enterarse de que los editores han cambiado su nombre por el de Robert A. Heinlein en la cubierta (incluyendo el lomo), la portada y todas las páginas del libro. ¡Brutal!

Tomaron una novela del reverendo Fanthorpe y la hicieron pasar por una obra de Heinlein, ya por entonces considerado en todo el mundo como uno de más importantes autores del género, uno de los «Tres Grandes» junto a Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. ¡Menuda tomadura de pelo!

Para rellenar, incluyeron en este volumen dos relatos de Wyndham pero sin indicarlo en ninguna parte; uno de ellos, «La rueda», volvió a aparecer en el número 55 de la colección como relleno.

En definitiva, una auténtica estafa editorial.

jueves, 7 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (I): «Un par del espacio»

El historial editorial de Vértice en los años 60 está repleto de barbaridades, muchas de ellas cometidas en su colección Galaxia. Aquí os muestro uno de esos casos, inofensivo pero significativo (los hubo mucho peores): Un par del espacio. Es hasta gracioso.

Resulta que las colecciones de “dobles” al estilo de la difunta El doble de ciencia ficción de Robel, o la extinta Double de la infausta PulpEdiciones, de funesto recuerdo por sus marrullerías dignas de la peor etapa de Vértice, no son nada nuevo; siempre las ha habido. La editorial americana Belmont tenía una en los años 50 y 60 en la que se publicaron por primera vez en rústica muchas novelas cortas interesantes e incluso clásicas, como Nosotros, los merodeadores de Robert Silverberg.

Precisamente el volumen en que apareció esa novela corta de Silverberg fue elegido por Vértice para su colección Galaxia. James Blish, con la novela corta Gigantes de la tierra, acompañaba a Silverberg en A Pair From Space (Un par del espacio), título que tiene su coña tratándose de un doble.

El caso es que Vértice tenía la manía/costumbre de aprovechar al máximo el papel y, si sobraban páginas (en España estábamos aún en los tiempos de la tipografía, no lo olvidéis), pillaban cualquier relato por ahí que encajase y allá que lo metían. A veces, incluso usaban el mismo en distintos libros; la cosa era tapar el hueco. :-))) Y eso pasó con este volumen. Para rellenar, metieron un relato de Frederik Pohl, El día de los duques tronadores (que ha sido publicado muchas veces en castellano con títulos similares). Y ahí está la gracia del asunto.

La chapucilla continuó: le pusieron el título del volumen doble original, Un par del espacio... pero ya no era un doble, evidentemente. Personalmente, me quedé muy desconcertado por el título, ya que no parecía tener ninguna relación con el contenido del libro. Hasta que investigué un poco, claro.

En fin, así hacían las cosas en Vértice, ¡con un par!... Un par del espacio.

domingo, 4 de marzo de 2012

«Naufragio», de Charles Logan

☆☆☆☆☆

Cuando cerré el libro después de leerlo (hace unos 20 años) pensé: «¡Qué suerte tengo!» Esta novela figura en mi «Top Five» particular del género, haciendo compañía a obras de Disch, Lem, Pohl... ¡Y es una opera prima!

Una novela dura, hard en más de un sentido, realista, sin concesiones, sin más diálogo que el del náufrago con su destino. Como dijo Planells, «extrañamente patética», y es que su emotividad no es aquí fruto del empleo de recursos facilones o trampas burdas para buscar la lagrimita, blandenguería chirriante al uso. El náufrago despierta nuestra empatía, nos identificamos con sus sufrimientos y eso es el patetismo bien entendido; sentimos pena porque lo que le pasa al pobre hombre no es para otra cosa...

¡Claro!, es mentira todo, una ficción. Ahí está la magia de Logan: hacérnosla creer, mientras la leemos; mientras la leemos, sentimos, nos emocionamos. Hasta se nos puede escapar una lagrimita.

Se ha criticado que el tema fuera poco original. Pamplinas. Como si no se pudieran escribir historias de náufragos después de Robinson Crusoe. Es más, precisamente resulta muy original por el tratamiento del tema, diferente en todo del que hizo Daniel Defoe.

Charles Logan nació en 1930 y trabajaba como enfermero en un hospital psiquiátrico cuando se publicó Naufragio, que es su única novela. Aparte de eso, sólo escribió dos relatos cortos que siguen inéditos por decisión del autor. No sé por qué decidió no volver a escribir, pero es una verdadera lástima.

miércoles, 15 de febrero de 2012

BIG CULO DAY 2012: «Exposure», por Al Rio

Este año iba a poner un culo de Shanna, por Frank Cho, de lo más rebonico... pero el desgraciado fallecimiento de uno de mis dibujantes de nenas favoritos, el brasileño Al Rio (que ya ha pasado por este blog, cuando coloreé una de sus Wonder Woman, sin duda su preferida) me ha hecho cambiar de idea.

El bueno de Álvaro, un dibujante obseso de esos que sólo piensan en dibujar y dibujar, se suicidó recientemente a los 50 años de edad. No quiero que parezca que quiero frivolizar su muerte poniendo aquí sus culos, nada más lejos de mi intención, que no es otra que la de homenajearle. Las mentes «biempensantes» quizá se escandalicen, pero yo soy un friki y así es como funcionan nuestros retorcidos cerebrillos.

Al en el tajo. Era un gran trabajador.

Así que ahí va. Este culo no es el de una estrella como Serpieri o Cho, sino el de un currante que se mataba a servir comissions de superheroínas, a veces en situaciones picantes o comprometidas, mientras esperaba que lo llamasen desde EEUU para dibujar alguna serie de segunda fila en alguna editorial emergente de esas que salen como setas de unos años a esta parte en el fértil territorio usacamericano, regado con sudor y lágrimas de humildes trabajadores extranjeros como él.

Gracias por tantos años de alegrarme la vista, Al. Va por ti.


martes, 7 de febrero de 2012

Bicentenario de Dickens

It was the best of times,
it was the worst of times,
it was the age of wisdom,
it was the age of foolishness,
it was the epoch of belief,
it was the epoch of incredulity,
it was the season of Light,
it was the season of Darkness,
it was the spring of hope,
it was the winter of despair,

we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way— in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.


Comienzo de «A Tale of Two Cities» («Historia de dos ciudades», Charles Dickens, 1859.) Sin duda alguna, una de las más importantes novelas de la historia de la literatura occidental.